26 de octubre de 2020

El sueño y la obesidad

 


¡Cuanto menos duermes, más comes!

  Esta es una buena forma de comenzar un articulillo que pretende atraer la atención de gordos y barrigudos, como el que suscribe.

      Durante el sueño nuestro cuerpo hace tal cantidad de funciones orgánicas que cuesta trabajo creerlo. Este es un nuevo capítulo de la neurociencia que avanza más deprisa que la velocidad con que van llegando a nosotros sus resultados.

      ¿Cómo es posible que dormir más o menos esté relacionado con tener más o menos apetito?

      Hoy sabemos que el apetito está regulado fundamentalmente por dos hormonas: la leptina y la ghrelina. La primera, la leptina, se encarga de decirte ¡basta tío, deja ya la cuchara! Conforme vamos comiendo se acumula más y más leptina y con el aumento de su concentración en sangre se nos van quitando las ganas de comer. La ghrelina, hace todo lo contrario, su presencia desencadena una fuerte sensación de hambre. Es fácil comprender que un desequilibrio en cualquier dirección producirá trastornos alimenticios.

      Para estudiar cómo se altera este equilibrio con las horas de sueño, hace unos años, en la universidad de Chicago, se hizo el siguiente experimento: Se tomó un grupo de personas, se las aisló y durante 5 días durmieron 8 o más horas diarias. Hacían determinados ejercicios y se medía con precisión la comida que libremente les apetecía tomar. A la semana siguiente se repitió todo en las mismas condiciones excepto que no se les permitió dormir más de 4 o 5 horas diarias. Los participantes se mostraron ahora mucho más voraces. Llegaron a consumir 300 calorías más al día, de media,  cada uno. Calculando su influencia a cabo del año, esto les hubiera supuesto un aumento de peso de entre 4,5 y 7 kg. La falta de sueño desequilibra estas hormonas en el sentido de aumentar el apetito.

      En otro experimento posterior, tras la comida, se les servían bandejas de golosinas. En la semana de dormir poco se llegaron a consumir 330 calorías adicionales de golosinas. Cuando dormían bastante, 8 horas o más, casi no llegaban a tocarlas. Lo que refuerza el experimento anterior. Poco tiempo después otro descubrimiento en esta dirección determinó que la pérdida de sueño aumenta los niveles de endocannabinoides en sangre (sustancias similares a las que proporciona el cannabis, la marihuana). Estos productos químicos estimulan el apetito y aumentan el deseo de comer golosinas (alimentos de alto nivel calórico).

      Las estadísticas también han ayudado a comprender el problema. En esta gráfica están representados los promedios de horas de sueño (línea de puntos) de los americanos, en relación a la obesidad de la población (línea continua). La correlación es evidente.


También sabemos hoy que los niños de unos 3 años que duermen solo diez horas y media, o menos, tienen un 45 % más de probabilidad de ser obesos a los 7 años que aquellos que duermen 12 horas.

      Digamos para terminar que los neurólogos han descubierto también que la falta de sueño inhibe el funcionamiento de la corteza prefrontal, donde se desarrollan las funciones de los juicios reflexivos y las decisiones controladas y, en contraste, se incrementa la actividad de las zonas profundas, más primitivas, que nos impulsan hacia una alimentación más desmedida y hacia alimentos muy calóricos.

Manuel Reyes

 

Bibliografía:

POR QUÉ DORMIMOS. Dr Matthew Walker.  Ed.: Cap. Swing Libros. Madrid 2019. ISBN: 978-84-120645-2-0.

13 de septiembre de 2020

Ciencia y Covid-19

 


    Que la pandemia causada por el maldito coronavirus nos está cambiando la vida es una obviedad incuestionable y que tardaremos algún tiempo en apreciar cuáles y cuantos han sido los cambios, también. En el futuro inmediato muy pocas cosas volverán a ser como hasta ahora porque había ya muchas cosas en proceso de cambio y ahora se están acelerando cuando no disparando y porque han surgidos otras varias que hasta hace unos meses eran impensables, como que una nueva epidemia podía producir millones de muertos y paralizar el mundo y su economía.

      Pero no todos estos cambios van a ser para empeorar, como en principio uno se siente proclive a aceptar, también debe haber algunos que mejoren nuestras vidas en el futuro.

      Hoy me gustaría reflexionar sobre uno que a mí me ha resultado prodigioso: es la primera vez en la historia de la humanidad, que el planeta entero, está pendiente de la ciencia, de los avances científicos en terrenos como la medicina, farmacología, virología, bioquímica y otros afines. El planeta entero espera, suspira, incluso reza, por los avances en estas ciencias. Todo el mundo está expectante, conteniendo la respiración, a la espera de que algunos científicos sean capaces de elaborar una vacuna, un antiviral, un tratamiento médico eficaz, lo que sea que impida nuestra arribada prematura al cementerio.

      La humanidad ha sufrido epidemias terribles casi en todas las  épocas de su historia pero siempre ha mirado a Dios para pedir ayuda. Es la primera vez que coloca a la ciencia en el altar de sus plegarias.

      Hemos tenido epidemias que casi acaban con la humanidad de la época. Por recordar las más terribles y de las que tenemos datos:

* La viruela que causó unos 300 millones de muertos hasta que apareció la vacuna.

* El sarampión con 200 millones.

* La mal llamada “Gripe española” que se llevó por delante entre 50 y 100 millones de personas, según las fuentes.

* La peste negra del siglo XIV, de la que no hay datos globales pero en España, donde teníamos una población de unos 6 millones de habitantes, se redujo a 2,5. En el resto Europa se calcula en unos 50 millones los muertos.

* El VIH con 35 millones, hasta ahora.

* Con el Covid-19 estamos ya alcanzando el millón de muertos, si nos fiamos de las cifras oficiales. En realidad seguramente hemos superado ya los 3 millones y sigue creciendo la cifra de forma escalofriante.

      Y lo más asombroso del caso: ningún estado del planeta tenía preparativos para afrontar una epidemia, pese a que los epidemiólogos y la OMS (Organización Mundial de la Salud) venían advirtiendo desde hace años que podía suceder en cualquier momento, incluso del tipo de virus del que venía la amenaza. No solo la sanidad no estaba preparada, no había nada previsto, ni la fabricación de mascarillas. Y es que habíamos confiado tanto en nuestros conocimientos científicos que a casi nadie se le podía pasar por la cabeza que una pandemia podría volver a poner al mundo en jaque. Orgullo y estupidez, se llama esto. 

      Y hablando de culpas; es a la clase política a la que le corresponde la previsión y la salvaguarda de la sociedad, del mismo modo que almacenamos tanques y cañones, por si acaso… ¿por qué no hemos mejorado la sanidad, por si acaso…? En nuestro país los políticos, todos, han hecho justo lo contrario.

      Pero mi intención es reflexionar sobre el cambio de mentalidad que la humanidad en general está experimentando. Hemos pasado de hacer procesiones y rogativas a algún santo para pedir que llueva, a mirar las previsiones de los meteorólogos en la TV. Hemos pasado de los rezos, procesiones y penitencias, que llegaban a incluir flagelaciones, rogando  a Dios el perdón de nuestros pecados para así evitar su castigo con la peste, a presionar políticamente, incluso a dar dinero, para que la investigación científica sobre las vacunas fructifique rápido.

      El concepto que la gente tiene sobre la ciencia creo que va a mejorar mucho, especialmente en el sentido de la necesidad que tenemos de ella para salvaguardar nuestras vidas. Aunque no creo que vaya a mejorar la comprensión de que el alto nivel de vida, la buena salud generalizada, la abundancia de alimentos (pese al incremento brutal de la población mundial), la mundialización (debida al transporte y la comunicaciones), la longevidad, y no sé cuántas cosas más, se deben a nuestro conocimiento científico trasladado a la industria, la tecnología, agricultura, medicina, farmacología, etc.

      Pero si hemos de ser realistas habrá que recordar que la ciencia tiene un talón de Aquiles. Al igual que las artes, necesita de un mecenas. Los científicos también comen y alguien les tendrá que llenar la mesa todos los días. Los laboratorios son cada día más costosos. Galileo descubrió “las lunas de Júpiter” con un telescopio que él mismo se construyó con dos lentes y un canuto de cuero. Hoy los telescopios tienen tales precios que los construyen grupos de naciones (así sus astrónomos los puedan utilizar tiempos parciales proporcionales a su aportación). Por poner un ejemplo: el telescopio de 30 metros que se está proyectando para las islas Hawai, o quizá para las Canarias, tiene un presupuesto inicial de unos 2.000 millones de dólares. El costo final es impensable. ¿Y mantenerlo y renovarlo, cuánto costará?

      Si la población en general estuviera concienciada de la importancia del avance científico serían los estados los que asumirían su elevado costo. Aunque esto siempre implica  una servidumbre –habría que atender a los intereses de las políticas de cada país– sería preferible a que caiga en manos de industrias privadas, como ocurre hoy. En este caso el camino que tome la ciencia depende de intereses económicos y no científicos ni sociales. Es por eso que los telescopios los paga el estado, porque no se obtiene de ellos ningún beneficio económico y, en cambio, las farmacéuticas las manejan empresas privadas.

      Lo que está ocurriendo con la investigación de las vacunas para el Coronavirus es un ejemplo palpable. Salvo la que está fabricando el CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) en Madrid, a la que le falta un año de trabajo y que según he leído ha recibido una donación de 600.000 € de “La Caixa”, y las investigaciones del CNB-CSIC (Centro Nacional de Biotecnología del CSIC)  que ha recibido otra donación de un millón de euros de una señora particular, en España casi que no se está haciendo otra cosa, y lo poco que hay avanza, como hemos dicho,  gracias a donaciones ajenas al estado, cuyos intereses ignoramos. 

      Los investigadores que van a sacar las primeras vacunas a nivel mundial pertenecen todos a grandes empresas farmacéuticas con intereses absolutamente económicos. Porque incluso la de la universidad de Oxford adolece de las mismas sospechas. Las grandes universidades de hoy están financiadas por grandes  empresas, no por los estados.

      Los políticos de hoy, no solo en nuestro país, prometen gastar grandes sumas en educación, sanidad e investigación para ganar las elecciones. Luego se olvidan de sus promesas.

      Pero no seamos pesimistas, por fortuna hoy con la Covid tenemos la suerte de que los primeros que saquen sus vacunas y los que consigan las mejores, se van a hacer de oro, así que, por una vez en la vida,  el dinero está de nuestro lado, ¡ALELUYA! 

    ¡SOBREVIVIREMOS! 

    Bueno, el que consiga aguantar lo suficiente.

Manuel Reyes Camacho

8 de septiembre de 2020

El curso del caos

 UN CURSO BAJO LA AMENAZA DEL COVID-19

Foto: Mis alumnos del Instituto muestran a niños de la escuela experiencias llamativas y curiosas, en el Parque de las Ciencias de Granada, para despertar su ilusión por la ciencia. 1999.

      Pese a los años que hace que dejé atrás estas tareas de la enseñanza no puedo dejar de estar preocupado por el inmenso caos en que se va a desarrollar este curso 2020-21 y el tremendo daño que esto va a causar en esta generación de niños y jóvenes. Por no hablar de los conflictos personales y profesionales a que se van a tener que enfrentar los profesores.

      Los políticos mienten sistemáticamente y tratan de hacernos creer que habrá condiciones higiénicas de separación, grupos pequeños, suficiente número de profesores, y bla, bla, bla… todo mentiras. No existe ese espacio en los centros, no se han contratado más profesores, entre otras cosas porque apenas hacen falta ya que los grupos no se pueden desdoblar en otros más pequeños puesto que para ello los centros tendrían que ser de chicle en lugar de cemento y así los podríamos ensanchar hasta que ocupen una superficie doble o triple de la actual. En los institutos, que es lo que conozco, los grupos son de 30 y hasta de 40 alumnos, están hacinados en clase y no hay espacio para habilitar nuevas aulas porque todas están llenas. Habría que construir nuevos edificios y esto cuesta mucho dinero y no es tarea de hoy para mañana. No obstante la TV nos muestra todos los días los grupos pequeños que se están haciendo. Toman, claro está, aquellos centros del extrarradio o de los pueblos que no están saturados.

      Separar a los niños en grupos y hacer que unos vengan a clases presenciales lunes y miércoles y otros martes y jueves, y el resto de días clases por internet… ¿Pero quién es capaz de organizar esto? Por más que lo intento no logro imaginar cómo podría hacerlo yo. Es una falacia absoluta. Aparte de que una clase presencial nunca puede ser sustituida por una telemática. En esta última se pueden transmitir conocimientos, pero la enseñanza presencial transmite además sentimientos, interés por el conocimiento, posiciones éticas, personalidad, estilo, empatía...  El profesor con solo mirar los ojos de sus alumnos sabe si están comprendiendo o no lo que se les explica, y cambia el discurso cuando lo ve necesario, o atiende especialmente a alguno que se queda atrás. El ordenador no puede hacer estas cosas que son tanto más ineludibles cuanto menor es la edad de los niños.

      La pedagogía nos ha enseñado que el cerebro de los niños no es una caja vacía donde podemos ir añadiendo juguetes —objetos cognitivos—, el cerebro de cualquier persona está siempre lleno, también el de los niños  que han aprendido a dar significado a todo cuanto les rodea. La labor del profesor es averiguar lo que hay en la cabecita del niño ante el nuevo concepto que trata de enseñarle y tratar de convencerle de su error o de que el nuevo que él le ofrece es más preciso, más amplio, es mejor. Enseñar no es añadir leña al fuego, es cambiar la forma en que este arde.

      Por otra parte, la neurología nos ha enseñado que nuestro cerebro es un edificio en construcción que empieza en la concepción y continúa toda la vida. Hoy consideramos que el cerebro alcanza la madurez a partir de los 20 años, aproximadamente. En esta larga etapa nuestro cerebro cambia continuamente, no solo aumenta su tamaño, sino que cambia, se modifica y se reestructura internamente. La influencia de la familia y su entorno natural, exclusivamente, convertirán al nuevo individuo en un “homo, escasamente sapiens”. La ayuda de la escuela en todo este proceso —escuela, instituto, universidad— lo convertirán en un “homo, sapiens, sapiens” dotado de una extensa cultura, un buen conocimiento científico del mundo en el que vive, conocedor de la historia de sus antepasados, con una capacidad de abstracción, de comprensión y expresión, y con un pensamiento crítico. 

      Una interrupción del proceso educativo, no importa en qué etapa, será un fallo en la construcción de su cerebro más o menos irreparable, dependiendo del periodo en que le toque a cada niño. Imaginemos un edificio de viviendas en construcción. La edificación es un proceso continuo que empieza en los cimientos, sigue en las columnas y forjados, tabiquería, fontanería, cubiertas y fachadas. Imaginemos ahora que durante la construcción de los pilares y forjados hay una huelga de albañiles. Cuando se vuelve al trabajo no se quiere cambiar la fecha de entrega de la obra, así que dejan sin terminar algunos pilares y forjados y se pasa a la tabiquería, etc. Por más que se recurra a reparaciones posteriores, ese edificio tendrá daños estructurales para el resto de su existencia.

      Por desgracia esto no lo entiende todo el mundo. Para muchos padres la escuela es un aparcamiento. Allí se dejan los niños mientras uno descansa o se va al trabajo. El que la escuela cierre solo es un fastidio porque nos complica la vida a los adultos.

      Un año escolar caótico es una catástrofe educativa que en muchos miles de casos no tendrá reparación posible. Por desgracia los daños en un cerebro, si no son graves, no pueden verse a simple vista, así que nadie tendrá que sentirse culpable.  

      Este curso entramos en un torbellino de contradicciones:

      —Las autoridades educativas deberían procurar por todos los medios impedir que se cierren los centros. 

      —Aunque es evidente que la salud ha de anteponerse a la educación, pero hay que valorar la peligrosidad de los efectos del coronavirus en los niños y jóvenes y no magnificarlo. 

      —Pero tampoco podemos olvidarnos de las medidas necesarias para detener la pandemia a nivel social que nos imponen el aislamiento como único recurso.

      —Cuando lleguen las primeras vacunas serán las menos fiables y eficaces pero no habrá tantas como para que alcancen a los niños de todo el planeta, tendremos preferencia los sanitarios y los ancianos. Así que, tendremos Covid para rato.

      Lo tenemos difícil, muy difícil. ¡Que Dios nos coja confesaos!

Manuel Reyes Camacho

20 de abril de 2020

Nos creíamos dioses

Reflexionando sobre errores cometidos en la pandemia del Covid-19



      El confinamiento nos está sirviendo para reflexionar sobre los múltiples errores cometidos. Hoy me apetece intentar una pequeña lista de errores, de esos que nos han llevado directamente a este horror. No puede calificarse de otro modo lo que ocurre en nuestro país, donde nos alegramos de que ya estamos bajando a “solo” 600 muertos diarios cuando hace unos días superábamos los 900, y esto cuando solo contábamos con los números de los políticos, “aquellos muertos que habían sido pronosticados de infectados por el Covid19 antes de su muerte”, pero ahora que a los periodistas se les ha ocurrido preguntar a las funerarias va a resultar que las cifras se elevan casi al doble.

      No quisiera caer en la trampa maniquea  de “buscar culpables” porque es demasiado fácil echar la culpa al vecino. Culpables somos todos en una u otra medida. Voy a buscar errores, con la cándida intención de que pudiera servirnos de aprendizaje.

DECISIONES POLÍTICAS TARDÍAS.
Es una característica habitual en los políticos actuar tarde y mal y los nuestros no iban a ser la excepción. El coronavirus fue detectado en diciembre de 2019 (de ahí su nombre: CoVid-19), para el 23 de enero ya se había declarado la epidemia en Wuhan, un mes más tarde, en febrero, ya tuvimos el primer positivo en Canarias con un turista italiano, y en ese país la pandemia estaba ya clarísima. ¿Era necesario seguir esperando? Pues sí, porque el 8 de marzo estaban convocadas enormes manifestaciones para celebrar EL FEMINISMO y aquí estaban implicadas las mujeres del gobierno, así que hubo que aceptar nosecuantos partidos de fútbol y hasta un mitin de Vox. La OMS declaró oficialmente la pandemia el 11 de Marzo, cuando un mes antes ya había certeza absoluta. Y nuestro gobierno todavía espera unos diítas más, hasta el 15 de Marzo para decretar el confinamiento.

Por más prudente que uno quiera ser no puede evitar preguntarse, después de rebasar los 20.000 muertos, ¿Cuántos miles de muertos nos habríamos ahorrado si el gobierno no hubiera sido tan “feminista”?

EL DETERIORO DEL SISTEMA SANITARIO
A todos los gobiernos, nacional y autonómicos, se les llena la boca cuando dicen que tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Y esto fue verdad en la antigüedad, antes de la última crisis económica, porque cuando esta llegó todos, sin excepción, encontraron un sitio perfecto donde recortar gastos: la sanidad. Porque a la sanidad en nuestro país se la considera un “gasto”. Y como muestra un botón: El gobierno “socialista” de Susana Díaz recortó miles de millones en sanidad. No es mi intención buscar datos y llenar esto de cifras pero en algún sitio he leído que superó con creces los 8.000 millones. Y a esto hay que añadir que no se cubrían las bajas por enfermedad del personal sanitario, que los contratos a los nuevos eran temporales, sus sueldos de los más bajos de España y, en general, que en la Andalucía del PSOE se dedica menos dinero a sanidad, por cada 1000 habitantes, que en ninguna otra comunidad española. Y ahora llega el PP y Ciudadanos para “salvarnos”,  y se dedica a privatizar lo poco que queda de la sanidad pública.

Así que ¿los 20 000 muertos son un castigo divino por nuestros pecados, como la peste medieval, o hay culpables?  Esperemos, no obstante, a que esto amaine antes de liarla parda.

LA CONSIDERACIÓN DE PRODUCTOS ESTRATÉGICOS
   Acaba de enterarse nuestro gobierno que hay productos como las mascarillas, los respiradores, los desinfectantes, los test de análisis y muchos medicamentos que son PRODUCTOS ESTRATÉGICOS. Hasta hoy solo eran estratégicos los tanques, los cañones y las balas, aparte del petróleo y el acero. ¿Y por qué se permitió que fueran los chinos los que fabricaran mascarillas, en exclusiva? Pues porque de este modo nos ahorrábamos unos céntimos. Es una razón de mucho peso. Que nadie le eche la culpa al gobierno. En una sociedad de tontos de baba, estas cosas pasan. Pero que nadie se preocupe porque ya les hemos comprado unas maquinitas de hacer mascarillas a los chinos –de alta tecnología, eso si–  para alguna industria y para nuestro ejército. Confiemos que a alguien se le haya ocurrido comprar también a los chinos un repuesto de tornillos, por si se nos pierde alguno y no podemos echar a andar las maquinitas.

¡Qué vergüenza!

DOMINAR LA NATURALEZA. 
   Como nosotros ya conocíamos el ADN y por supuesto el ARN, y hasta somos capaces de cortarlo, añadirle o quitarle pedacitos y volverlos a pegar, nos creíamos los dioses de la creación. A partir de ahora nosotros ordenaremos la evolución de animales y plantas. ¡Toma ya! Y llega un bichito, que ni siquiera puede decirse que esté vivo del todo –es un parásito– y que no tiene otra cosa que una cadenita de ARN, que ha mutado por azar,  ¡y casi nos liquida!
Que esto podía pasar, y que puede volver a suceder en cualquier momento, lo sabe todo el mundo y desde hace muchos decenios. Que investigar procedimientos de salvaguarda contra los virus era esencial para la humanidad lo sabemos igualmente. Pero para nuestro ego era mucho más importante llegar a la Luna.

   Por desgracia, la investigación científica tiene el mismo talón de Aquiles que el arte: necesita de un mecenas. ¿Y qué cuadros pintan los artistas? Los que le piden sus mecenas. La investigación científica cuesta mucho, muchísimo dinero. Si no hay empresas poderosas que inviertan en investigación, si no hay estados que dediquen parte de su presupuesto a la investigación, no puede haber investigación.

   ¿Y qué investigan los científicos? Aquello que le piden los que dan el dinero. ¿Antes del coronavirus teníamos mucha preocupación por los virus? Ninguna. ¿Quién investigaba sobre ellos?, casi nadie.

   Es imprescindible que los estados y los organismos internacionales tomen el timón de la investigación y la dirijan a buenos puertos, pero antes hay que dotarla de recursos. Y para ello es necesario que nuestros políticos dejen de considerarla un “gasto” y la entiendan como una “inversión”, como una inversión a largo plazo.
Manuel Reyes

26 de enero de 2020

El coronavirus de Wuhan

O las consecuencias de la estupidez humana


Otra vez a vueltas con los puñeteros coronavirus. Y lo digo así porque, a diferencia de lo que suele deducirse de las informaciones periodísticas, los coronavirus son viejos “amigos” nuestros. Son los virus del resfriado. ¿Quién no tiene un resfriado o lo ha tenido hace unas semanas? Lo que pasa es que estos bichitos mutan con más frecuencia que las mujeres de vestido, así que de vez en cuando nos sorprenden con algún nuevo “look”, como el que se ha puesto de moda en ese pueblecito chino de Wuhan  de poco más de 11 millones de habitantes (los andaluces cabemos en dos o tres de sus barrios, solo somos 8 millones).

¿Pero cómo se las han arreglado los chinos para infectarse con semejante bicho? Según parece el bichito procede de los murciélagos y otros animalitos a los que estos contagian. Y usted se preguntará: ¿pero es que los chinos comen murciélagos? Pues sí. Resulta que los chinos, como todo el mundo sabe, celebran en estos días la entrada del nuevo año. ¿Se equivocan? No, es que ellos tienen un calendario lunar, no solar. Y al igual que nosotros lo celebran con grandes comilonas.

A diferencia nuestra, en lugar de tomar tres platos con un kilo de gambas, un kilo de pavo y otro de polvorones, toman entre 20 y 30 platitos pequeñitos. Y, póngase usted en su lugar, y piense de qué demonios se pueden rellenar 30 platos diferentes… ¿De hormigas fritas?, por supuesto, ¿de gorriones?, claro. ¿De culebras? Evidentemente. ¿De perro en adobo? Hombre, esto es demasiado corriente, mejor camello al horno. ¿De murciélagos? Of course! En Wuhan existe un “Mercado de animales vivos” famoso en el mundo. ¿Y todos estos bichitos están controlados por Sanidad? Por supuesto que no.

Pero hombre, se supone que no van a comerse los animalitos vivos, ¿no? ¡No! Es que el coronavirus se trasmite por contacto, basta tocar la carne del animal o su sangre, para infestarse. Es por esto que yo al principio dedicaba un recuerdo a la estupidez humana.

En realidad esta nueva mutación tiene antecedentes conocidos:

-El SRAS-CoV (Síndrome respiratorio agudo y grave) una mutación, apareció en China en 2002 y provocó 8.000 contagios y 700 muertes, entre China, Japón y otros países

-En 2015 se detectó e identificó en Arabia Saudita (su nombre oficial: MERS-CoV (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio por CoronaVirus). Al parecer el virus provenía de los camellos, posiblemente contagiados por murciélagos y que infectaron a algunas personas. Ante la alarma, las salas de urgencias se llenaron de gente y allí se propagó como la pólvora. Posteriormente la propagación se mantuvo por las peregrinaciones a la Meca. Hasta 2019 se han notificado 2.400 casos de infección y 800 muertos. Recientemente hizo una nueva aparición en Corea donde demostró que en cada nueva reaparición su capacidad de propagación es extraordinaria.

- El 2019gn-CoV, el actual, apareció a finales de noviembre de 2019 en Wuham (China) y se ha comprobado que no solo se transmite de animales a personas sino entre personas donde se transmite por gotitas respiratorias que provocamos al toser, estornudar o incluso al hablar. La buena noticia es que no parece tan grave como sus abuelos el MERS y el SRAS.

Menos mal, podemos pensar los granadinos, que Wuhan está al otro lado del mundo y aquí no llegará. Falsa esperanza. Hace unos días llegó a la Alhambra un autobús lleno de turistas chinos con uno de ellos enfermo. Pues al Clínico. Y allí los médicos le preguntaron por curiosidad: ¿Y de dónde es usted? (en chino, claro). ¡Pues de Wuhan! Y todos los médicos salieron corriendo despavoridos a por los trajes antivirus. Pero, ¡horror! ¡NO HAY TRAJES ANTIVIRUS EN EL CLÍNICO! Menos mal que entonces les informaron que el ministro de sanidad ha dicho que en España no hay problema porque lo tenemos todo previsto. Entonces los médicos se calmaron, se pusieron las mascarillas antipolen y volvieron a por el chino. Me baso aproximadamente en la información que ha dado el famoso médico granadino, el Dr. Spiriman que estaba presente en el “affaire”.  Tras varios días de espera de las analíticas acabo de enterarme que el pobre hombre no tenía el coronavirus.

¡¡Ufff…!!

Manuel Reyes