21 de septiembre de 2010

Problemas de escolarización


Cada año, cuando se inicia el curso procuro no leer las notas de prensa sobre los incontables problemas de escolarización: peleas de padres, protestas, críticas a los colegios, denuncias de trucos y picarescas increíbles para lograr el acceso a los colegios favoritos. Es algo que me irrita, me aflige, es uno de esos problemas de injusticia social soterrada con una solución más compleja de lo que aparenta.

Resulta imprescindible establecer unas normas para la escolarización porque de lo contrario los colegios “de moda” necesitarían tener quinientas aulas y mil profesores y todos los demás se quedarían vacíos. Por otra parte, en las grandes ciudades, los desplazamientos a las horas escolares producen atascos importantes que colapsan el tráfico y es imprescindible evitarlos escolarizando a los niños lo más cerca posible de sus domicilios. Esto es obvio, no admite discusión y si todos los colegios tuvieran un funcionamiento parejo no existiría el problema. La complicación surge cuando se constata que las diferencias en el funcionamiento, bienestar y rendimiento de los centros escolares son abismales.

En las grandes urbes existe una diferencia esencial entre los colegios e institutos del centro de la ciudad, ocupados mayoritariamente por alumnos que provienen de hogares cultos, y los de la periferia, ocupados por personas de origen humilde, inmigrantes y con frecuencia no hispano hablantes. No hace falta ser un experto en didáctica para comprender que un aula con chinos, árabes, africanos y españoles es literalmente imposible llevarla a un nivel de rendimiento escolar ni siquiera mediocremente aceptable. Y ante esta terrible realidad ¿qué pueden hacer unos padres cultos a los que haya tocado ese colegio por su zona de residencia?

En un país como el nuestro que se acogió a la visión socialista de la educación, junto a la mayoría de países europeos, donde no cabe imaginar el clasificar o “segregar” que dirían los pedagogos progresistas, a los alumnos por capacidad, esfuerzo, conocimiento, actitud, etc., este es un problema sin solución, por más parches que se le intente poner con clases de apoyo y de refuerzo. Y el resultado final es el que tenemos: un rendimiento escolar que, si ya era bajo antes, ahora ha descendido a los infiernos desde la llegada masiva de inmigrantes. Es muy inferior este problema en los países que no han sido inundados por la emigración y menos aún en aquellos que no aceptaron la visión socializadora de la enseñanza, como Alemania, donde los niños son orientados hacia diferentes destinos escolares desde la muy temprana edad de 11 años, siguiendo criterios de exigencia, esfuerzo y mérito académico.

Este modelo socializador basado en la idea de que una sociedad más igualitaria solo puede lograrse mediante una educación igual para todos, que impera en la casi totalidad del mundo occidental, está comenzando a hacer aguas por todas partes, por más razonable que parezca. Los rendimientos escolares han descendido en general sin que parezca que nadie haya encontrado el modo de solucionarlos. Y este es un problema de magnitud supranacional, yo diría que del mundo occidental, cuya resolución no parece que tenga buenas perspectivas ni siquiera a medio plazo.

Pero ocurre que, en la práctica, hay colegios que, orillando la ley, se las arreglan para minimizar el efecto de la inmigración y para establecer criterios de exigencia, mérito y esfuerzo en la progresión de sus alumnos. Y son estas las plazas por las que batallan los padres.

Además hay un número nada despreciable de otros colegios que por razones particulares de mala dirección, grupos de profesores desalentados y desmotivados, amén de otros problemas peculiares, funcionan muy por debajo del nivel medio. Y es de aquí de donde los padres huyen despavoridos. Pero es también aquí donde pueden resolverse los problemas si los padres se lo tomaran en serio. El gran poder que la legislación actual otorga al Consejo Escolar, formado por padres, profesores y alumnos, que incluso nombra al director del establecimiento escolar, hace de éste un órgano ideal para luchar eficientemente por el buen gobierno del centro, y esto sin contar con que si las instituciones no funcionan está la prensa y la calle para gritar y exigir el derecho a una buena educación.

Lo malo es que para lograr estos resultados es imprescindible un cambio de actitud social que se me antoja utópico: sacar a la gente de su estado contemplativo-televisivo-catatónico y transformarla en activa, no permisiva y participativa.

¿Piensa usted que esto es posible?

2 comentarios:

A. R. C. dijo...

La política afronta problemas que no tienen una solución científica. La educación es el problema político por excelencia. Decidamos qué queremos con la enseñanza y actuemos después en consecuencia. Si hemos decidido que la igualdad es el bien a preservar o a conseguir prioritariamente porque valoramos la justicia por encima de la eficiencia económica o la excelencia científica, tendremos que ir por un camino parecido al que usamos ahora. Los problemas que surjan serán cuestión de los técnicos y de los que aportan la pasta. Los políticos tendrán que aportar una voluntad sin vacilaciones, una honestidad sin fisuras y perseverancia, porque estas cuestiones son para largos plazos; también deberían saber “vender el producto” para que los papás no se hagan un lío. Si además los profes se creen lo que están haciendo, miel sobre hojuelas. Que los alumnos sean indígenas o inmigrados será otro problema para los técnicos, nada más.
Un brazo.

Manuel Reyes Camacho dijo...

Completamente de acuerdo con las premisas: el tipo de enseñanza es una elección política. Pero una elección que puede valorarse cuando ha transcurrido un tiempo adecuado y no olvidemos que el modelo ya fue instaurado por el ministro Anthony Crosland en Inglaterra en 1965 y en España se formalizó completamente con la LOGSE en 1990, y entre ambos en la casi totalidad de Europa. Es tiempo más que suficiente para hacer balances y me temo que los resultados satisfacen a muy pocos.
Además me gustaría incidir en que con frecuencia confundimos derechos con necesidades. El que la enseñanza sea gratuita y obligatoria hasta los 16 años es un derecho que nos hemos dado al que no conozco a nadie dispuesto a renunciar.
Pero esto no implica que "igualdad" sea equivalente a "igualar" a los estudiantes, que son esencialmente distintos y para cuyo óptimo desarrollo necesitaríamos volver a hacer valer aquél viejo principio: "A cada cual según su necesidad, de cada cual según su capacidad".