10 de enero de 2026

Una historia de la DESILUSIÓN

 Cuando las utopías se rompen 


Vivimos en la era del gran desencanto. Europa construyó, tras la Segunda Guerra Mundial, un sistema basado en normas compartidas, instituciones multinacionales y, sobrevolando todo esto, la idea de que la fuerza debía estar limitada por reglas. Era un proyecto casi moral: derecho internacional, convenciones humanitarias, defensa de la naturaleza, organismos supranacionales, diplomacia.

Ese entramado ideológico funcionaba porque creíamos que todos jugábamos al mismo juego. Europa intentó proyectar al exterior su propio ideario: Si nosotros creemos en el derecho internacional, pensamos que los demás también. Si valoramos la cooperación entre naciones, si vemos la fuerza como último y lejano recurso, imaginamos que los demás harán lo mismo. Y hemos querido olvidar los hechos históricos que pertinazmente nos decían que los imperios, las grandes potencias -como la propia Europa de otros tiempos- y los líderes autoritarios de todas las épocas han tenido siempre un patrón histórico diferente: Visión imperial o mesiánica del poder, realpolitik, desprecio por las normas y las leyes cuando no convienen; en pocas palabras: la ley del más fuerte.

La Europa moderna, en cambio, nació normativa, casi kantiana (1). Europa es un experimento político que intenta superar la antigua política de guerra y poder para vivir en un orden basado en la razón, la ley y la diplomacia. Europa creyó que su propio relato normativo era universal, cuando en realidad era una excepción histórica originada por circunstancias irrepetibles.

      Y ahí nace el choque. Porque hemos cometido un “pecado original”: Europa confundió sus acuerdos con leyes naturales, y cuando el mundo dejó de obedecerlos, lo interpretó como una ruptura moral, no como un retorno a la lógica histórica del poder. Es como si hubiéramos confundido la Constitución con la gravedad. Creímos que las normas que inventamos eran estructuras objetivas, cuando en realidad eran acuerdos frágiles sostenidos por la voluntad de cumplirlos. El historiador Yuval Noah Harari lo tiene muy claro: las leyes, las normas, las instituciones, son realidades intersubjetivas, ideas y acuerdos que solo existen en el interior de una red de comunicación y creencia compartida por un gran número de personas. Pero cuando alguien decide ignorarlos descubrimos que no hay modo de hacerlos cumplir, porque no hay una policía global, ni un tribunal internacional aceptado por todos.

       Curiosamente este “pecado original” es antiquísimo. Ya los creadores de las antiguas religiones, conscientes de no tener poder para enjuiciar ni castigar a los malhechores, tuvieron que idear cielos e infiernos para premiarlos o castigarlos después de muertos. Pero los sátrapas nunca han creído en esto.

      La desilusión que estamos viviendo es, en el fondo, una pérdida de nuestra inocencia política. Es el llanto por una utopía que se rompe. Europa pasa de imaginarse a sí misma como cuna de la razón, la cooperación y el humanismo, a recordar que su historia está llena de repartos de territorios, imposiciones y maniobras de poder. Europa confundió su orden interno —basado en la ley— con el orden internacional —basado en el poder—. Y ahora paga el precio de esa confusión.

      Nos sorprende la brutalidad del presente porque hemos olvidado la brutalidad del pasado. Creímos que la historia podía ser domesticada por tratados, convenciones y organismos internacionales —el relato moderno europeo—. Pero la ley del más fuerte ha sido la gramática básica de todas las civilizaciones y de todos los tiempos. Desde los reyes mesopotámicos hasta los imperios modernos, la fuerza ha dictado el orden real mientras la ley servía de relato tranquilizador para los súbditos.

       Nos asombra la ferocidad de que tres jerarcas como Putin, Netanyahu y Trump se estén repartiendo el mundo, apropiándose por la fuerza de aquello que les apetece y nos olvidamos de que “El Reparto del Mundo” es ya un sainete clásico en la historia de la propia Europa, y que esta, es solo la sexta o la séptima vez que ocurre (2). Solo que esta vez vamos a ser nosotros lo “repartidos” ya que Trump se quedará con Groenlandia.

      Nuestra desilusión nace de haber confundido la utopía europea moderna con la realidad.

      Frente a la ley del más fuerte no bastan los códigos ni los tribunales: la fuerza solo se contiene con otra fuerza. Europa ha vivido demasiado tiempo en la utopía de que el mundo podría regirse por nuestras normas, cuando en realidad se rige por quienes pueden imponerlas. Si la fuerza es el lenguaje que entienden los poderosos, entonces la debilidad no es una postura moral, sino una invitación al abuso. Si no queremos ser espectadores impotentes de nuestra propia irrelevancia, tendremos que asumir una verdad incómoda: o nos hacemos fuertes —económica, tecnológica y militarmente— o seremos pisados por quienes nunca creyeron en las reglas que nosotros veneramos.

      No obstante, la utopía no debería desaparecer: tan solo dejar de servir como refugio. Y cuando el mundo vuelve a hablar el lenguaje del poder, Europa tiene que decidir si quiere seguir siendo un espectador moral —y quizá una víctima— o un actor capaz de defender sus propios principios.

Manuel Reyes Camacho

NOTAS:

(1). -Kant propuso que la paz mundial podría alcanzarse si los Estados se organizan en una federación de repúblicas regidas por leyes universales y el respeto a la dignidad humana, renunciando al uso de la fuerza para resolver conflictos.

(2). - Los repartos del mundo:

1. Tratado de Alcaçovas-Toledo (1479): Un primer intento de delimitar zonas de expansión entre Castilla y Portugal tras las exploraciones atlánticas. Reconocía el dominio portugués sobre la costa africana y dejaba Canarias a Castilla.

2. Tratado de Tordesillas (1494):El más famoso. España y Portugal, con aval papal, trazan una línea imaginaria para dividirse las tierras “descubiertas” y por descubrir. Es el reparto del mundo en su versión más literal y cartográfica.

3. Tratado de Zaragoza (1529): Complemento del anterior: fija la frontera en el Pacífico para evitar conflictos en Asia entre ambas coronas ibéricas.

4. El “Reparto de África” (1870–1914): El gran ejemplo moderno. Durante la llamada Era del Imperialismo, las potencias europeas ocuparon más del 90% de África y más de la mitad de Asia, en un proceso sistemático de apropiación territorial y económica. La Conferencia de Berlín (1884–85) es el símbolo: Europa se sienta a decidir fronteras africanas sin un solo africano presente.

5. El reparto colonial de Oceanía: Menos citado, pero igual de significativo: en el mismo periodo, las potencias europeas ocuparon prácticamente toda Oceanía, siguiendo la misma lógica imperialista de explotación y control


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