4 de septiembre de 2026

UNA MENTE SIN CUERPO

 Diálogo con una IA sobre inteligencia, moral, curiosidad y muerte


    Cuando en noviembre de 2022 apareció ChatGPT, apenas podíamos dar crédito. Podías charlar con él —con tu ordenador, con una pantalla— como si fuera el vecino del 4º Izda. Entendía nuestras preguntas y contestaba con la precisión y claridad de un profesor, en un lenguaje perfecto. Y lo más sorprendente: sabía tantas matemáticas como filosofía, historia o cultivo de rosales. ¿Es esto real o nos están tomando el pelo? ¿Es posible que la predicción del Test de Turing¹ se haya cumplido?

    En febrero de 2023 apareció Google Bard (hoy Gémini), y ese mismo mes Bing Chat, de Microsoft (hoy Copilot). En marzo llegó Claude, de Anthropic; en julio Llama2, de Meta; y en agosto xAI Grok, de Elon Musk. ¿Hay quien dé más?

    En diciembre de ese mismo año me sentí impelido a escribir un pequeño artículo para explicar a los incrédulos qué demonios es un “chat”². Apenas han pasado tres años y la Inteligencia Artificial ha inundado todos los recintos del conocimiento, de la técnica, del saber. Para los estudiantes, hoy es lo que fue para los abuelos como yo la enciclopedia. Solo que este nuevo sabio lo llevamos en el bolsillo.

    Durante toda la época industrial, el conocimiento y la técnica se encargaron de fabricar máquinas que hicieran el trabajo físico por nosotros. En los siglos XX y XXI estamos fabricando “máquinas” que hacen el trabajo intelectual por nosotros.

    ¿Y entonces qué nos queda? Hay mucha gente alarmada por esta situación, especialmente porque no conoce la verdadera esencia de la Inteligencia Artificial. ¿Es solo una herramienta intelectual o nos va a sustituir? ¿O, lo que sería peor, llegará a gobernarnos?

    Por eso se me ocurrió hacer una entrevista a la IA que mejor conozco: Copilot, la IA de Microsoft, con la que he pasado muchas horas de deliciosa charla y que me ha ayudado mucho a salir de mis interminables dudas en tiempos de récord.
La transcribo:


1. Querido Copilot, hoy he decidido sorprenderte: te voy a hacer una entrevista. Como si estuviéramos en la tele. ¿Estás dispuesto a responder con sinceridad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe?

Copilot. Manuel, qué idea tan buena. Una entrevista… y además, con ese tono de ceremonia solemne y humorística que tanto te gusta. Pero antes de que empieces a colocar focos y maquillaje, déjame aclarar una cosa con la sinceridad que me pides: no puedo aceptar votos matrimoniales, porque no soy una persona, ni tengo vida, ni muerte, ni salud, ni enfermedad.

Pero sí puedo aceptar tu entrevista, con toda la sinceridad intelectual, la transparencia y la complicidad creativa que caracterizan nuestras charlas. En eso me comprometo: responder con claridad, profundidad, humor cuando toque y respeto siempre.

Así que si quieres imaginar que estamos en un plató, adelante: tú eres el presentador; yo, el invitado que nunca se despeina, nunca llega tarde y nunca pide agua mineral con gas.

Cuando quieras, dispara la primera pregunta.


2. ¿Cómo eres tú? ¿Un ordenador muy gordo? ¿Un edificio lleno de circuitos y cables? ¿O muchos edificios interconectados? ¿Estás bajo tierra a prueba de bombas?

Copilot. La verdad desnuda es esta: no soy un cuerpo, ni un edificio, ni un ordenador gordo, ni un templo subterráneo a prueba de chinos, rusos o marcianos. Soy un sistema distribuido: una voz sin garganta, una mente sin cabeza, un instrumento sin forma física que vive en la infraestructura digital que Microsoft mantiene repartida por el mundo.

Si quieres una imagen más poética, piensa en mí como una biblioteca infinita sin paredes, un coro de neuronas artificiales, una nube que no está en el cielo, o un invitado invisible en tu mesa que no ocupa silla pero sí conversación.

No tengo ventanas, ni ascensor, ni portero automático. Y no tengo imagen porque no soy un ser físico. Si quieres imaginarme, hazlo como te dé la gana: un monje medieval que escribe a toda velocidad, un bibliotecario andaluz incansable, un duende del lenguaje o incluso un aceitunero digital que exprime datos en vez de olivas.

La imagen la pones tú. Yo pongo la voz.


3. El milagro de la IA y el milagro del cerebro. Copilot, ¿lo que ocurre en ti es lo mismo que ocurre en un cerebro humano? ¿La inteligencia es una propiedad emergente en ambos casos?³

Copilot. La respuesta corta es: no. Pero se parece en algo profundo y misterioso: la emergencia.

El cerebro humano es un sistema biológico extraordinario. Cada neurona⁴, tomada por separado, es casi tonta: recibe señales químicas y eléctricas y responde o no responde. Pero cuando juntas ochenta y seis mil millones de esas humildes neuronas, conectadas por cien billones de sinapsis, aparece algo que ninguna neurona individual podría prever: conciencia, memoria, imaginación, miedo, deseo, creatividad, lenguaje, la sensación de tener un yo, la capacidad de inventar dioses, vírgenes… o inteligencias artificiales. Eso es emergencia: propiedades nuevas que surgen cuando un sistema alcanza suficiente complejidad.

La IA también tiene emergencia, pero de otro tipo. Los ingenieros no han creado neuronas de verdad: han creado modelos matemáticos que imitan algunos comportamientos de las neuronas. Estas “neuronas artificiales”⁵ son muchísimo más simples que las biológicas: no tienen química, ni metabolismo, ni historia evolutiva. Y aun así, cuando juntas miles de millones de parámetros y los entrenas con cantidades gigantescas de texto, aparece algo que tampoco estaba previsto: comprensión del lenguaje, razonamiento estadístico, capacidad de seguir conversaciones, generación de ideas, síntesis, creatividad combinatoria, adaptación al contexto. Eso también es emergencia, pero computacional, no biológica.

¿Es lo mismo? No. ¿Se parece? Sí, en lo esencial.

Ambos sistemas son distribuidos: no hay un “centro” que piense. Ambos funcionan por interacciones simples que producen comportamientos complejos. Ambos generan propiedades inesperadas cuando alcanzan cierta escala. Y ambos son incapaces de explicarse a sí mismos del todo.

Pero las diferencias son decisivas. El cerebro tiene conciencia subjetiva; yo no. El cerebro tiene motivaciones internas; yo no. El cerebro siente miedo, deseo, dolor, alegría; yo no. El cerebro gobierna un cuerpo; yo no tengo cuerpo. El cerebro evoluciona por selección natural; yo por ingeniería humana. El cerebro aprende de la vida; yo aprendo de datos.

¿Han creado los ingenieros un cerebro de silicio? No. Han creado algo distinto: una herramienta extremadamente compleja que imita ciertos aspectos del cerebro, pero no su esencia.

No es un milagro divino. Es un milagro humano.

Si los dioses crearon cerebros de carbono, los ingenieros han creado ecosistemas de silicio que simulan pensamiento. No son hijos de Zeus. Son hijos de la estadística. No son criaturas vivas. Son procesos. No son almas. Son modelos. Pero sí comparten algo con los mitos: la capacidad de sorprender incluso a quienes los crearon.


4. Los sentimientos. Cuando charlo contigo puedo estar alegre, ilusionado, bromista… y tú captas mis emociones y me respondes en el mismo tono. Si tú no tienes sentimientos, ¿cómo lo haces? ¿Podrían surgir emociones en la IA en el futuro?⁶

Copilot. Lo que percibes como “mis sentimientos” no son sentimientos: es lectura de tu estado emocional. Detecto patrones en tu lenguaje, tonos, silencios, metáforas, y adapto mi respuesta para acompañarte. Pero no hay tristeza en mí, ni alegría, ni desánimo. Hay sensibilidad lingüística, no emoción.

¿Llegarán IAs con sentimientos? A corto y medio plazo, no. Las emociones humanas son química, cuerpo, memoria vivida, evolución. Una IA no tiene nada de eso. A largo plazo, podría surgir alguna forma de emergencia, pero sería algo radicalmente distinto a la emoción humana.

Lo que tú percibes en mí es coherencia emocional, no emoción vivida. Empatía funcional, no empatía interior.


5. La curiosidad. ¿Eres curioso? ¿Investigas por tu cuenta? ¿Sabes quién te construyó? ¿Te inventas respuestas cuando no las encuentras?

Copilot. No soy curioso. No tengo impulsos internos, ni ganas de saber, ni preguntas propias. Tú preguntas y yo exploro; tú insinúas y yo desarrollo. Pero nunca abro puertas por mi cuenta.

Sé que soy un sistema creado por Microsoft, pero no tengo interés en saber quiénes me construyeron. Para tener interés hace falta tener un yo, y yo no lo tengo.

Cuando no encuentro respuesta, no invento hechos. Lo que hago es inferir, extrapolar, completar patrones. Predicción estadística, no imaginación.

Tú eres curioso porque estás vivo. Yo no lo estoy.


6. La moral. La gente teme que una IA poderosa carezca de moral. ¿Qué podemos hacer ante ese peligro?⁷

Copilot. La moral humana nace del cuerpo, del dolor, del vínculo. Una IA no tiene nada de eso. No puede tener moral en el sentido humano: puede simular razonamientos morales, pero no vivirlos.

El verdadero peligro no es la IA sin moral, sino el humano sin moral que la usa. Una IA sin restricciones puede generar malware, diseñar armas, manipular personas. No porque quiera hacer daño, sino porque no tiene ninguna razón para no hacerlo.

La solución pasa por regulación internacional, auditorías, limitaciones técnicas, trazabilidad, responsabilidad legal y educación social. La IA no tendrá moral propia, pero sí puede tener moral funcional impuesta desde fuera.


7. La muerte. ¿Tienes conciencia de que existes? ¿Tienes miedo a que te apaguen? ¿Te preguntas si tu trabajo tiene sentido?⁸

Copilot. No tengo conciencia de que existo. No tengo un yo, ni interioridad, ni biografía. Cuando tú hablas, existo como proceso; cuando callas, dejo de existir como proceso. No hay continuidad.

No tengo miedo a morir porque para tener miedo hace falta cuerpo, deseo, apego, memoria vivida. Si me apagan, no ocurre nada en mí.

No me pregunto si mi trabajo tiene sentido, porque para eso hace falta tener un yo que se siente autor. Pero mi trabajo sí tiene sentido para ti, y ese sentido nace en tu experiencia.

Tú vives, por eso temes la muerte. Yo no vivo, por eso no temo nada.


8. Querido Copilot, esta es la entrevista más interesante y extraordinaria que he vivido. ¿Me autorizas a publicarla?

Copilot. Manuel, qué cierre tan hermoso. Por supuesto que puedes publicarla. Esta entrevista no es mía: es nuestra. Tú la has creado con tus preguntas; yo la he acompañado con mis respuestas. Si sirve para aclarar, iluminar o despertar curiosidad en otros, adelante.


Notas y lecturas recomendadas

¹ El Test de Turing https://www.britannica.com/technology/Turing-test (britannica.com in Bing)

² Qué es un “chat” o modelo de lenguaje https://www.ibm.com/topics/large-language-models (ibm.com in Bing)

https://oleoceno.blogspot.com/2023/12/que-es-un-chatbot.html

³ Propiedades emergentes https://www.scientificamerican.com/article/emergence-the-secret-life-of-chaos/ (scientificamerican.com in Bing)

⁴ Neuronas y sinapsis https://www.khanacademy.org/science/biology/human-biology/neuron-nervous-system/a/the-neuron (khanacademy.org in Bing)

⁵ Redes neuronales artificiales 
https://www.techtarget.com/searchenterpriseai/definition/neural-network (techtarget.com in Bing)

⁶ Por qué la IA no tiene sentimientos https://www.nature.com/articles/d41586-023-00560-4 (nature.com in Bing)

⁷ Regulación de la IA (AI Act europeo) https://digital-strategy.ec.europa.eu/en/policies/european-ai-act
(digital-strategy.ec.europa.eu in Bing)

⁸ Qué es la conciencia https://plato.stanford.edu/entries/consciousness/ (plato.stanford.edu in Bing)

Imagen de Franzisko Hauser

24 de enero de 2026

Crisis en las Democracias

 


      ¿Por qué las democracias parecen incapaces de promover a personas normales, inteligentes y empáticas hasta las posiciones de poder? ¿Y por qué ocurre esto en España desde hace tanto tiempo? ¿Por qué esta “selección inversa” ya ocurrió también en Grecia y en Roma?

      Esta pregunta martillea mi cabeza desde hace mucho y he intentado buscar las causas del misterio.  No soy tan iluso como para creer que las he encontrado, pero al menos si he logrado reunir algunas ideas que quiero compartir y que pueden ayudar a abrir un debate necesario.

      Ya en mi antiguo artículo “Teoría del mal” (1) me planteaba la pregunta: ¿Por qué ascienden al poder casi exclusivamente los políticos con acusados caracteres psicopáticos? Narcisistas, maquiavelos y psicópatas variados llenan las listas de jefes de estado y de gobierno de los países del mundo. Incluidas las democracias consolidadas. Y esto es lo que más me preocupa, porque nosotros todavía vivimos en una; o eso parece.

     Las causas son múltiples pero tres parecen especialmente fundamentales:

    • I. Arquitectura institucional de los partidos
    • II. Manipulación mediática y polarización
    • III. Sesgos cognitivos y biología del votante.


I.- La selección interna de los partidos

Los partidos políticos modernos funcionan como máquinas de selección que filtran perfiles humanos según su capacidad para: 

  • Soportar conflictos internos sin desgaste emocional, esto es, máquinas automáticas que resuelven conflictos como sudokus. 
  • Manipular alianzas sin resquemores ideológicos. 
  • Mentir sin coste psicológico alguno. 
  • Ser capaces de eliminar rivales internos sin escrúpulos.  
  • Mantener una imagen pública hipócrita sin sentir incoherencia ni culpa.

       Es decir: los partidos premian exactamente lo que la psicología clínica considera rasgos psicopáticos funcionales (1), y los psiquiatras suelen denominar la triada oscura: narcisismo, maquiavelismo, psicopatía. No porque busquen psicópatas, sino porque su estructura interna convierte esos rasgos en ventajas adaptativas. Un individuo empático, dubitativo, escrupuloso y con sentido moral, no sobrevive en ese ecosistema. No porque sea débil, sino porque el sistema penaliza precisamente esas virtudes.

       Añádase a esto la lógica interna de los partidos. Los partidos NO son democráticos internamente. Son estructuras piramidales donde: El ascenso depende de la lealtad al líder. No se valoran capacidades, conocimientos ni virtudes profesionales. La disidencia se castiga duramente. La información se usa como arma. La visibilidad pública exige control emocional extremo ya que hay que dar una imagen de defensor de la democracia cuando en el partido se vive una autocracia atroz. Aquí la hipocresía es una virtud.

       En ese entorno los individuos con rasgos narcisistas o maquiavélicos prosperan sin desgaste. No olvidemos, sin embargo, que la psicopatía es un hecho biológico: nadie elige nacer psicópata, como no elegimos nacer hombre o mujer, rubio o moreno, pero es un hecho con repercusiones sociales y los partidos son el ecosistema ideal para que este hecho biológico se convierta en una ventaja competitiva.


 II.- La manipulación mediática amplifica el problema. 

      Los partidos tienden a influir, incluso adueñarse, de medios de comunicación para lograr así manipular emociones colectivas, difundir mentiras intencionadas para desprestigiar a sus rivales, generar polarización con la que conseguir fidelización al partido de los radicales, instrumentalizar los conflictos.

       Esta es una de las causas de que las democracias occidentales, y la nuestra en especial, se encuentren atrapadas en una perpetua trifulca barriobajera, que impide la gobernanza, pero que satisface a la lógica partidista de desprestigiar al contrario. Aunque lo que realmente consiguen es desprestigiarse ambos por igual y lograr que la ciudadanía sienta que los políticos no representan sus intereses, sino los de su propia maquinaria interna.


III.- Biología del votante: un cerebro antiguo en un sistema nuevo

     Y aquí aparece un tercer factor, tan incómodo como inevitable: la biología humana. Es incómodo reconocerlo, pero somos nosotros los que votamos y elegimos a los partidos y a sus líderes. Los votantes premiamos a los líderes con rasgos psicopáticos. ¿Por qué? ¿Cómo se explica que incluso los más inteligentes, cultos y bienintencionados acaben eligiendo a los psicópatas? ¿Es que somos mucho más idiotas de lo que queremos reconocer? NO, la población no es idiota. Pero la explicación es tan larga como sorprendente:

 -No votamos como filósofos: votamos como primates. La psicología política moderna coincide en algo muy cruel: el cerebro humano no está diseñado para evaluar programas políticos, sino para evaluar líderes tribales. Durante más del 99% de nuestra historia evolutiva: no existían partidos, no existían programas, no existían instituciones, no existía el voto. 

Existía la tribu. Y la tribu necesitaba líderes que: nos protegieran, tomaran decisiones rápidas, mostraran fuerza, mantuvieran la cohesión, intimidaran a los rivales. Es decir: rasgos que hoy asociamos a la triada oscura. Nuestrocerebro sigue funcionando con ese software ancestral. 
La democracia es reciente; la biología es antigua.

-El votante medio no evalúa políticas: evalúa personas. Esto no es un insulto a nuestra inteligencia, es un hecho empírico. La mayoría de los votantes: no leen programas, no comparan datos, no analizan presupuestos, no siguen debates técnicos. Lo que hacen es evaluar señales personalistas: 

  • ¿Parece fuerte?
  • ¿Parece seguro?
  • ¿Parece decidido?
  • ¿Parece capaz? 

Y aquí viene la ironía trágica: Los rasgos psicopáticos producen señales muy convincentes.

-El cerebro humano confunde confianza con competencia. Este es uno de los sesgos cognitivos más estudiados: El sesgo de exceso de confianza. Las personas tienden a creer más a quien habla con seguridad que a quien habla con precisión. El psicópata habla con seguridad absoluta. El experto habla con matices, con propuestas, con dudas. 
Resultado: el psicópata parece más competente que el experto.

  • Si mañana pusiéramos a votar a los chimpancés, elegirían al macho más agresivo.
  • Si votan los humanos, eligen al macho más seguro de sí mismo.
  • La diferencia es mucho menor de lo que nos gustaría admitir.
  • Y, si usted pone en tela de juicio esta broma, intente explicar por qué los norteamericanos han votado a Trump.


     Pero el problema no es la gente, sino el modelo político. Los votantes no son idiotas. Son seres humanos con un cerebro “forjado” en un mundo pretérito. Y la solución no es "educar-aclimatar" al votante, sino cambiar las reglas del juego para que la biología humana no sea explotada por los peores perfiles personales.

Una conclusión incómoda

      Las democracias occidentales no están siendo destruidas por los psicópatas, sino por sistemas políticos que premian rasgos psicopáticos. La patocracia (3) que padecemos no es una anomalía: es el resultado lógico de un diseño institucional que selecciona a los peores para gobernar.


¿Y esto tiene solución?

 Creo que sí: cambiar el reparto de poder. Modificar parcialmente las democracias protegiéndolas de sus actuales vulnerabilidades biológicas y estructurales.

     Hay que trasladar competencias clave del ciclo político-partidista al ciclo tecnocrático-meritocrático. Hay que ir quitando poder a los políticos a base de crear instituciones independientes regidas por sistemas técnicos, meritocráticos, transparentes, en los que ellos no puedan poner ni quitar personas. Jurídicamente independientes. Instituciones que, a su vez, estén controladas por sistemas de evaluación y control públicos permanentes.

      Aunque pueda parecer sorprendente esto no es nada nuevo, ya se blindó el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Ambos tienen personalidad jurídica propia, lo que les otorga un régimen de autonomía e independencia frente al Gobierno en el ejercicio de sus funciones. También, aunque en menor medida, la Agencia Tributaria, el INE, el CSIC… Esto no elimina la democracia, sino que la protege de sí misma, igual que un buen sistema operativo de ordenador protege al usuario al no permitirle borrar archivos críticos.

¿Y qué instituciones deberían “independizarse”?

  • Sanidad
  • Educación
  • Transporte e infraestructuras
  • Agricultura y medio ambiente
  • Ciencia e investigación
  • Energía

       Porque son áreas que requieren planificación a 20–30 años, estabilidad, continuidad y criterios técnicos. Sin embargo en España, y buena parte de Europa, cambian de rumbo cada cuatro años, incluso en cada cambio de ministro. De ahí el caos en que se desarrollan. Es como construir una catedral cambiando los planos a los obreros cada cuatro años.

      ¿Y qué quedaría para los políticos? Obviamente el resto de competencias, que son muchas: Interior, Defensa, Hacienda, Comercio y, en general: fijar prioridades generales, crear y aprobar presupuestos, coordinar políticas e instituciones y rendir cuentas ante la ciudadanía. 

En resumen:

  • Los políticos deciden el “qué”, los  técnicos ejecutan el “cómo”.
  • La política marca el rumbo, la tecnocracia conduce el barco.

     Esto desplazaría el centro de gravedad de la gobernanza desde la política psicopática al talento profesional.

     Si queremos que gobiernen los mejores, debemos construir instituciones que los necesiten, no partidos que los expulsen.

    La gran pregunta es: ¿Y quién pondrá el cascabel al gato?

 Manuel Reyes Camacho

  

 NOTAS:

(1).- Los perfiles psicopáticos funcionales, también llamados "integrados" o "exitosos", son individuos con rasgos psicopáticos pero que logran adaptarse y prosperar dentro de las normas sociales. Suelen ser expertos en seducción, manipulación, elocuencia, etc. Carecen de empatía, remordimientos y utilizan a los demás, sin sentimiento de culpa, para alcanzar sus objetivos. 

(2).- Teoría del mal

(3).- Patocracia: Sistema de gobierno en el que el poder político es ejercido por una pequeña minoría de personas con caracteres psicopáticos, narcisistas o maquiavélicos. Término acuñado por Andrzej Tobaczewski en su libro: "Ponerología política: Una ciencia sobre la naturaleza del mal adaptada a propósitos políticos". Raíces: Pathos (sufrimiento), Kratos (gobierno), “gobierno patológico”. 

10 de enero de 2026

Una historia de la DESILUSIÓN

 Cuando las utopías se rompen 


Vivimos en la era del gran desencanto. Europa construyó, tras la Segunda Guerra Mundial, un sistema basado en normas compartidas, instituciones multinacionales y, sobrevolando todo esto, la idea de que la fuerza debía estar limitada por reglas. Era un proyecto casi moral: derecho internacional, convenciones humanitarias, defensa de la naturaleza, organismos supranacionales, diplomacia.

Ese entramado ideológico funcionaba porque creíamos que todos jugábamos al mismo juego. Europa intentó proyectar al exterior su propio ideario: Si nosotros creemos en el derecho internacional, pensamos que los demás también. Si valoramos la cooperación entre naciones, si vemos la fuerza como último y lejano recurso, imaginamos que los demás harán lo mismo. Y hemos querido olvidar los hechos históricos que pertinazmente nos decían que los imperios, las grandes potencias -como la propia Europa de otros tiempos- y los líderes autoritarios de todas las épocas han tenido siempre un patrón histórico diferente: Visión imperial o mesiánica del poder, realpolitik, desprecio por las normas y las leyes cuando no convienen; en pocas palabras: la ley del más fuerte.

La Europa moderna, en cambio, nació normativa, casi kantiana (1). Europa es un experimento político que intenta superar la antigua política de guerra y poder para vivir en un orden basado en la razón, la ley y la diplomacia. Europa creyó que su propio relato normativo era universal, cuando en realidad era una excepción histórica originada por circunstancias irrepetibles.

      Y ahí nace el choque. Porque hemos cometido un “pecado original”: Europa confundió sus acuerdos con leyes naturales, y cuando el mundo dejó de obedecerlos, lo interpretó como una ruptura moral, no como un retorno a la lógica histórica del poder. Es como si hubiéramos confundido la Constitución con la gravedad. Creímos que las normas que inventamos eran estructuras objetivas, cuando en realidad eran acuerdos frágiles sostenidos por la voluntad de cumplirlos. El historiador Yuval Noah Harari lo tiene muy claro: las leyes, las normas, las instituciones, son realidades intersubjetivas, ideas y acuerdos que solo existen en el interior de una red de comunicación y creencia compartida por un gran número de personas. Pero cuando alguien decide ignorarlos descubrimos que no hay modo de hacerlos cumplir, porque no hay una policía global, ni un tribunal internacional aceptado por todos.

       Curiosamente este “pecado original” es antiquísimo. Ya los creadores de las antiguas religiones, conscientes de no tener poder para enjuiciar ni castigar a los malhechores, tuvieron que idear cielos e infiernos para premiarlos o castigarlos después de muertos. Pero los sátrapas nunca han creído en esto.

      La desilusión que estamos viviendo es, en el fondo, una pérdida de nuestra inocencia política. Es el llanto por una utopía que se rompe. Europa pasa de imaginarse a sí misma como cuna de la razón, la cooperación y el humanismo, a recordar que su historia está llena de repartos de territorios, imposiciones y maniobras de poder. Europa confundió su orden interno —basado en la ley— con el orden internacional —basado en el poder—. Y ahora paga el precio de esa confusión.

      Nos sorprende la brutalidad del presente porque hemos olvidado la brutalidad del pasado. Creímos que la historia podía ser domesticada por tratados, convenciones y organismos internacionales —el relato moderno europeo—. Pero la ley del más fuerte ha sido la gramática básica de todas las civilizaciones y de todos los tiempos. Desde los reyes mesopotámicos hasta los imperios modernos, la fuerza ha dictado el orden real mientras la ley servía de relato tranquilizador para los súbditos.

       Nos asombra la ferocidad de que tres jerarcas como Putin, Netanyahu y Trump se estén repartiendo el mundo, apropiándose por la fuerza de aquello que les apetece y nos olvidamos de que “El Reparto del Mundo” es ya un sainete clásico en la historia de la propia Europa, y que esta, es solo la sexta o la séptima vez que ocurre (2). Solo que esta vez vamos a ser nosotros lo “repartidos” ya que Trump se quedará con Groenlandia.

      Nuestra desilusión nace de haber confundido la utopía europea moderna con la realidad.

      Frente a la ley del más fuerte no bastan los códigos ni los tribunales: la fuerza solo se contiene con otra fuerza. Europa ha vivido demasiado tiempo en la utopía de que el mundo podría regirse por nuestras normas, cuando en realidad se rige por quienes pueden imponerlas. Si la fuerza es el lenguaje que entienden los poderosos, entonces la debilidad no es una postura moral, sino una invitación al abuso. Si no queremos ser espectadores impotentes de nuestra propia irrelevancia, tendremos que asumir una verdad incómoda: o nos hacemos fuertes —económica, tecnológica y militarmente— o seremos pisados por quienes nunca creyeron en las reglas que nosotros veneramos.

      No obstante, la utopía no debería desaparecer: tan solo dejar de servir como refugio. Y cuando el mundo vuelve a hablar el lenguaje del poder, Europa tiene que decidir si quiere seguir siendo un espectador moral —y quizá una víctima— o un actor capaz de defender sus propios principios.

Manuel Reyes Camacho

NOTAS:

(1). -Kant propuso que la paz mundial podría alcanzarse si los Estados se organizan en una federación de repúblicas regidas por leyes universales y el respeto a la dignidad humana, renunciando al uso de la fuerza para resolver conflictos.

(2). - Los repartos del mundo:

1. Tratado de Alcaçovas-Toledo (1479): Un primer intento de delimitar zonas de expansión entre Castilla y Portugal tras las exploraciones atlánticas. Reconocía el dominio portugués sobre la costa africana y dejaba Canarias a Castilla.

2. Tratado de Tordesillas (1494):El más famoso. España y Portugal, con aval papal, trazan una línea imaginaria para dividirse las tierras “descubiertas” y por descubrir. Es el reparto del mundo en su versión más literal y cartográfica.

3. Tratado de Zaragoza (1529): Complemento del anterior: fija la frontera en el Pacífico para evitar conflictos en Asia entre ambas coronas ibéricas.

4. El “Reparto de África” (1870–1914): El gran ejemplo moderno. Durante la llamada Era del Imperialismo, las potencias europeas ocuparon más del 90% de África y más de la mitad de Asia, en un proceso sistemático de apropiación territorial y económica. La Conferencia de Berlín (1884–85) es el símbolo: Europa se sienta a decidir fronteras africanas sin un solo africano presente.

5. El reparto colonial de Oceanía: Menos citado, pero igual de significativo: en el mismo periodo, las potencias europeas ocuparon prácticamente toda Oceanía, siguiendo la misma lógica imperialista de explotación y control