24 de enero de 2026

La Crisis de las Democracias

 


      ¿Por qué las democracias parecen incapaces de promover a personas normales, inteligentes y empáticas hasta las posiciones de poder? ¿Y por qué ocurre esto en España desde hace tanto tiempo? ¿Por qué esta “selección inversa” ocurrió también en Grecia y en Roma?

      Esta pregunta martillea mi cabeza desde hace mucho y he intentado buscar las causas del misterio.  No soy tan iluso como para creer que las he encontrado, pero al menos si he logrado reunir algunas ideas que quiero compartir y, si fuera posible discutir, porque el diálogo es el camino donde se encuentran las respuestas.

      Ya en mi antiguo artículo “Teoría del mal(1) me planteaba la pregunta: ¿Por qué ascienden al poder casi exclusivamente los políticos con acusados caracteres psicopáticos? Narcisistas, maquiavelos y psicópatas variados llenan las listas de jefes de estado y de gobierno de los países del mundo. Incluidas las democracias. Y esto es lo que más me preocupa, porque nosotros todavía vivimos en una; o eso parece.

     Las causas políticas, ideológicas y sociológicas son múltiples pero he llegado a concluir que hay tres fundamentales:

    • I. Arquitectura institucional de los partidos
    • II. Manipulación mediática y polarización
    • II. Sesgos cognitivos y biología del votante.

      I.-Los partidos políticos modernos funcionan como máquinas de selección que filtran perfiles humanos según su capacidad para: a) Soportar conflictos internos sin desgaste emocional, esto es, máquinas automáticas que resuelven conflictos como sudokus. b) Manipular alianzas sin resquemores ideológicos. c) Mentir sin coste psicológico alguno. d) Ser capaces de eliminar rivales internos sin escrúpulos.  e) Mantener una imagen pública hipócrita sin sentir incoherencia ni culpa.

       Es decir: los partidos premian exactamente lo que la psicología clínica considera rasgos psicopáticos funcionales, y los psiquiatras suelen denominar la triada oscura: narcisismo, maquiavelismo, psicopatía. Un individuo empático, dubitativo, escrupuloso y con sentido moral, no sobrevive en ese ecosistema. No porque sea débil, sino porque el sistema penaliza la empatía y la integridad como un lastre.

       Añádase a esto la lógica interna de los partidos. Los partidos NO son democráticos internamente. Son estructuras piramidales donde: a) El ascenso depende de la lealtad al líder. No se valoran capacidades, conocimientos ni virtudes profesionales: solo la lealtad. b) La disidencia se castiga duramente. c) La información se usa como arma, no como herramienta para elaborar propuestas y soluciones a los problemas de la gente. d) La visibilidad pública exige control emocional extremo ya que hay que dar una imagen de defensor de la democracia cuando en el partido se vive una autocracia atroz. Aquí la hipocresía es una gran virtud.

       En ese entorno los individuos con rasgos narcisistas o maquiavélicos prosperan sin desgaste. No olvidemos, sin embargo, que la psicopatía es un hecho biológico: nadie elige nacer psicópata, como no elegimos nacer hombre o mujer, rubio o moreno, pero es un hecho con repercusiones sociales y los partidos son el ecosistema ideal para que este hecho biológico se convierta en una ventaja competitiva.

      II.- La manipulación mediática amplifica el problema. Los partidos tienden a adueñarse de medios de comunicación poderosos para lograr así manipular emociones colectivas, difundir mentiras intencionadas para desprestigiar a sus rivales, generar polarización con la que conseguir fidelización al partido de los radicales, instrumentalizar los conflictos.

       Esta es una de las causas de que las democracias occidentales, y la nuestra en especial, se encuentren atrapadas en una perpetua trifulca barriobajera, que impide la gobernanza, pero que satisface a la lógica partidista de desprestigiar al contrario. Aunque lo que realmente consiguen es desprestigiarse ambos por igual y lograr que la ciudadanía sienta que esta gente no les representa.

      III.- Y aquí aparece un tercer factor, tan incómodo como inevitable: la biología humana. Es incómodo reconocerlo, pero somos nosotros los que votamos y elegimos a los partidos y a sus líderes. Los votantes premiamos a los líderes con rasgos psicopáticos. ¿Por qué? ¿Cómo se explica que incluso los más inteligentes, cultos y bienintencionados acaben eligiendo a los psicópatas? ¿Es que somos mucho más idiotas de lo que queremos reconocer?

      Creo haber encontrado una respuesta tranquilizadora: NO, la población no es idiota. Pero la explicación es tan larga como sorprendente:

 1.- No votamos como filósofos: votamos como primates. La psicología política moderna coincide en algo muy cruel: el cerebro humano no está diseñado para evaluar programas políticos, sino para evaluar líderes tribales. Durante más del 99% de nuestra historia evolutiva: no existían partidos, no existían programas, no existían instituciones, no existía el voto. Lo que existía era la tribu. Y la tribu necesitaba líderes que: nos protegieran, tomaran decisiones rápidas, mostraran fuerza, mantuvieran la cohesión, intimidaran a los rivales. Es decir: rasgos que hoy asociamos a la triada oscura. Nuestro cerebro sigue funcionando con ese software ancestral.

La democracia es nueva; la biología es muy vieja.

2.- El votante medio no evalúa políticas: evalúa personas. Esto no es un insulto a nuestra inteligencia, es un hecho empírico. La mayoría de los votantes: no leen programas, no comparan datos, no analizan presupuestos, no siguen debates técnicos. Lo que hacen es evaluar señales personalistas: ¿Parece fuerte? ¿Parece seguro? ¿Parece decidido? ¿Parece capaz? ¿Parece capaz de vencer al enemigo? Y aquí viene la ironía trágica: Los rasgos psicopáticos producen señales muy convincentes.

3.- El cerebro humano confunde confianza con competencia. Este es uno de los sesgos cognitivos más estudiados: El sesgo de exceso de confianza. Las personas tienden a creer más a quien habla con seguridad que a quien habla con precisión. El psicópata habla con seguridad absoluta. El experto habla con matices.

Resultado: el psicópata parece más competente que el experto.

Si mañana pusiéramos a votar a los chimpancés, elegirían al macho más agresivo.

- Si votan los humanos, eligen al macho más seguro de sí mismo.
- La diferencia es mucho menor de lo que nos gustaría admitir.
- Y, si usted pone en tela de juicio esta broma, intente explicar por qué los norteamericanos han votado a Trump.

Pero el problema no es la gente, sino el modelo político. Los votantes no son idiotas. Son seres humanos con un cerebro “forjado” en otro mundo pretérito.

 Por eso:

    • los partidos seleccionan psicópatas,
    • los medios de comunicación engrandecen a los psicópatas,
    • y los ciudadanos votan a los psicópatas.

    La solución no es educar-aclimatar al votante, sino cambiar las reglas del juego para que la biología humana no sea explotada por los peores perfiles personales.

Por todo lo dicho me atrevo a plantear una CONCLUSIÓN:

      Las democracias occidentales no están siendo destruidas por los psicópatas, sino por sistemas políticos que premian rasgos psicopáticos. La patocracia (2) que padecemos no es una anomalía: es el resultado lógico de un diseño institucional que selecciona a los peores para gobernar.

¿Y esto tiene solución?

 Creo que sí: cambiar el reparto de poder.

      Hay que trasladar competencias clave del ciclo político-partidista al ciclo tecnocrático-meritocrático. Hay que ir quitando poder a los políticos a base de crear instituciones independientes regidas por sistemas técnicos, meritocráticos, transparentes, en los que ellos no puedan poner ni quitar personas. Jurídicamente independientes. Instituciones que, a su vez, estén controladas por sistemas de evaluación y control permanentes.

      Aunque pueda parecer sorprendente esto no es nada nuevo, ya se blindó el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Ambos tienen personalidad jurídica propia, lo que les otorga un régimen de autonomía e independencia frente al Gobierno en el ejercicio de sus funciones. También, aunque en menor medida, la Agencia Tributaria, el INE, el CSIC… Esto no elimina la democracia, sino que la protege de sí misma, igual que un buen sistema operativo de ordenador protege al usuario al no permitirle borrar archivos críticos.

¿Y qué instituciones deberían “independizarse”?

  • Sanidad
  • Educación
  • Transporte e infraestructuras
  • Agricultura y medio ambiente
  • Ciencia e investigación
  • Energía y transición ecológica

       Porque son áreas que requieren planificación a 20–30 años, estabilidad, continuidad y criterios técnicos. Sin embargo en España, y buena parte de Europa, cambian de rumbo cada cuatro años, incluso en cada cambio de ministro. De ahí el caos absoluto en que se desarrollan. Es como construir una catedral cambiando los planos a los obreros cada año.

      ¿Y qué quedaría para los políticos? Obviamente el resto de competencias, que son muchas y, en general: fijar prioridades generales, crear y aprobar presupuestos, coordinar políticas y rendir cuentas ante la ciudadanía. Es decir: la política decide el “qué”, la tecnocracia ejecuta el “cómo”. La política marca el rumbo, la tecnocracia conduce el barco.

     Esto desplazaría el centro de gravedad de la gobernanza desde la política psicopática al talento.

     Si queremos que gobiernen los mejores, debemos construir instituciones que los necesiten, no partidos que los expulsen.

 Manuel Reyes Camacho

  

 NOTAS:

(1).- Teoría del mal

(2).- Patocracia: Sistema de gobierno en el que el poder político es ejercido por una pequeña minoría de personas con caracteres psicopáticos, narcisistas o maquiavélicos. Término acuñado por Andrzej Tobaczewski. Raíces: Pathos (sufrimiento), Kratos (gobierno), “gobierno patológico”. 

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