14 de enero de 2008

Relatos casi siempre falsos

Sobre la teoría atómico-molecular


Movimiento Bowniano estudiado por Einstein con el que se demostró la existencia real de átomos y moléculas.

      En el Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce puede encontrarse una curiosa definición de historia: “Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios”. Pues bien, me voy a encargar de ratificarla —y en parte, de adaptarla—, aplicándola a determinadas cantilenas didácticas con que nos suelen deleitar algunos textos de química cuando nos relatan la historia de la teoría atómica de la materia.

Suele decirse:

  • La teoría atómica se debe a Dalton. Lo que es casi falso.
  • El problema de Dalton es que confundía átomos con moléculas. Lo que es injuriosamente falso.
  • Fue Avogadro, con su famosa ley de los gases, quien aclaró la diferencia entre átomos y moléculas. Lo que resulta farragosamente  falso.


      Para clarificar la historia habría que comenzar por un hecho nimio: Las traducciones de los escritos de uno y otro son lamentablemente malas.

      En los escritos de Dalton se habla de “átomos” y de “átomos compuestos”, y nunca se encuentra la palabra “molécula”. Mientras que en los de Avogadro, ocurre al contrario, nunca  se utiliza la palabra “átomo”. Parece ser que en el siglo XIX, en Inglaterra, para designar lo que hoy denominamos “partícula” se utilizaba la palabra “atom” mientras que en el territorio del idioma francés (el que usaba Avogadro viviendo al norte de Italia) para decir lo mismo se utilizaba “molecule”. De modo que, cuando Dalton hablaba de átomos y Avogadro de moléculas, estaban hablando de lo mismo.

      Una traducción correcta del enunciado de Dalton tendría que decir: “Los compuestos se forman por la unión de varios átomos de los correspondientes elementos en una relación numérica sencilla. Las moléculas de un determinado compuesto son a su vez idénticas en masa y en todas sus otras propiedades”.

      Pero entonces ¿por qué las tablas de pesos atómicos de Dalton estaban equivocadas?  Pues está bien claro, a Dalton jamás se le pasó por la imaginación que los elementos pudieran formar moléculas. Dalton cometió el pecado de no descubrir la existencia de las moléculas de los elementos, aunque es innegable que conocía muy bien las moléculas de los compuestos. Él siempre asoció el concepto de elemento con el de átomo simple. Como tampoco imaginó nunca que las partículas de los gases pudieran estar moviéndose.

      Pero tampoco a Newton se le ocurrió que el tiempo fuese relativo y nadie le culpó nunca por ello.

      Por la otra parte, la traducción para la ley de Avogadro debería ser: “En volúmenes iguales de gases, en las mismas condiciones de presión y temperatura, hay el mismo número de partículas”.

      Porque si decimos “moléculas”, como suele hacerse, habría que añadir que Avogadro también confundía churras con merinas. ¿Acaso esta ley no es aplicable a los gases nobles? Pero, de cualquier modo, la ley no aclara en absoluto la dicotomía átomos-moléculas ya que se cumple, igualmente, para los unos que para las otras.

      Lo que parece que ocurrió es que Avogadro —casi al mismo tiempo que Ampère, a quien siempre se olvida en esta historia— sugirieron la idea de que podrían existir esas extrañas entidades a las que hoy denominamos moléculas elemento, y que ofrecían la posibilidad de que el gas hidrógenos pudiera ser H2, pero también H3, y quién sabe si H4. Y parece que no es menos cierto que Avogadro murió sin saber si el oxígeno era O, O2, O3, O4

      Así que, tampoco es cierto que con Avogadro se acabara la historia de los átomos y las moléculas y, en general, la teoría corpuscular de la materia a mediados del siglo XIX. Por que de ser así, ¿qué hacía Einstein en 1905 descifrando el movimiento browniano y demostrando la existencia real de las moléculas? Y es que, posiblemente, esta es una historia que comenzó en Boyle y no acabó hasta Einstein.

Siempre me ha gustado decir a mis alumnos que la teoría atómico-molecular no es la idea genial de nadie, sino el trabajo de decenas de científicos a lo largo de más de tres siglos, y uno de los más grandes logros de la humanidad.

Y, si se me permite adaptar la concepción Ambrosiana de historia, me gustaría decir que “la historia de la química es un relato casi siempre falso de hechos casi nunca nimios”.


Manuel Reyes Camacho

Publicado en la revista QeI, Nº 573 Octubre-Noviembre 2007
Revista de la Asociación de Químicos de España (ANQUE) y del Consejo General de Colegios Oficiales de Químicos.


30 de octubre de 2007

Las caras de Dios

 ¿Quién creó a los Dioses? 


   Yo creo en la existencia de Dios como una idea del hombre, como una creación necesaria para mitigar la angustia de la consciencia de la muerte, para llenar el negro vacío de dejar de ser. Necesaria también para adornar de trascendencia nuestro paso por este extraño mundo.

 Por estas razones, el hombre optó por crear a Dios a su imagen y semejanza.

   Pero esta existencia que postulamos, no es mas real que el punto, la recta o el plano de la geometría de Euclides. Es una creación más dentro del desarrollo evolutivo del pensamiento humano.

   En otras discusiones hemos comentado la importancia que pudo tener para el hombre primitivo la creación de los primeros mitos, como consecuencia de la adquisición de su consciencia, de su saber que sabe. En esta ocasión voy a centrar la reflexión sobre las distintas imágenes que el hombre ha otorgado a su gran creación: Dios, en función de su propia cultura.

La historia nos muestra como todos los pueblos indoeuropeos crearon religiones con connotaciones similares:
  •  Veían al mundo como una lucha entre el orden y el caos, entre el bien y el mal.
  •  El hombre tiene un cuerpo mortal y un alma inmortal.
  •  La historia se repite en grandes ciclos, de ahí la reencarnación de las almas.
  •  Representa a sus dioses mediante imágenes y esculturas, predomina lo visual.
  •  Son panteístas. Para lograr la unión con Dios, con el Cosmos, es necesaria la autocontemplación, la meditación.

   En cambio los semitas, que dan origen a tres grandes religiones: judaísmo, cristianismo e islamismo, son monoteístas:
  •  La historia, para ellos, es lineal, con un principio –en la Creación– y un fin –en el Juicio Final–. Una historia en la que interviene la mano de Dios (es esta mano quien  guía a los judíos hasta la Tierra Prometida).
  •  Parece como si en ellos predominara el oído: la vida religiosa se basa en escuchar la palabra de Dios, la predicación, la oración. La palabra es la clave, no la imagen (en el comienzo era el Verbo ...). Por eso está prohibido representar la divinidad en imágenes, Dios no tiene faz.
  •  Para los judíos no existe el alma como algo independiente del cuerpo: Dios, en el último día, vendrá a resucitar a los muertos (por esto es importante conservar los cadáveres)(1)

    Pero por muy importantes que estas caracterizaciones de los dioses puedan resultar, prefiero tomar un ejemplo más reciente y conocido por nosotros: la evolución de la imagen de Dios desde los judíos a los cristianos.


   El Dios de los judíos es, además de lo dicho, un dios que protege a su pueblo y trata con desprecio, cuando no salvajemente, a los demás. No hay más que recordar el pasaje bíblico (que aún se lee en las misas) en que envía a sus ángeles para matar a los hijos primogénitos de las familias egipcias. ¿Se puede concebir un acto peor de barbarie terrorista? ¿Y mayor cinismo que imputárselo a Dios?

   Cristo introduce un cambio drástico en esta imagen terrible y la transforma en un padre generoso, comprensivo, justo, de infinita paciencia, amante de sus hijos hasta el punto de enviar a su hijo verdadero para redimir a los hombres de sus pecados, ya que estos no pueden hacerlo por sí mismos. Una imagen que nunca fue aceptada por el pueblo judío pero que, gracias a la predicación de Pablo, caló en Roma y acabó extendiéndose por todo el Mediterráneo y toda Europa.

   San Agustín, un neoplatónico, 400 años más tarde vuelve a cambiar la imagen de Dios introduciendo en el cristianismo la nueva cultura filosófica: haciendo a Platón cristiano:

  • – Toda la existencia tiene naturaleza divina
  • – El mal no existe, es la ausencia de Dios (Plotino) y se debe a la desobediencia de los hombres (idea judía).
  • – El hombre tiene un cuerpo material, pero también tiene un alma (Platón) que puede reconocer a Dios.

   Podríamos decir, si no temiésemos la hoguera, que los cristianos tienen alma desde San Agustín, antes no existía (Cristo, resucita en cuerpo glorioso, tras haber muerto).

   Hacia el 1200 la imagen del Dios cristiano habría de sufrir otro cambio de gran significado de la mano de Sto. Tomás de Aquino que hizo con Aristóteles lo que Agustín hiciera con Platón: cristianizarlo.

   Intentó que la fe no fuese incompatible con el saber, como lo había sido hasta entonces, y como, me temo que por desgracia, lo sigue siendo hoy de facto. Según Tomás de Aquino podremos alcanzar las mismas verdades que nos cuenta la Biblia mediante la razón. Hay pues dos caminos para llegar a Dios, la razón y la fe. O dicho de otro modo: cuando alcanzamos una verdad mediante la razón, esta no puede contradecir la doctrina cristiana. Es evidente que Tomás era un hombre optimista.

   Hay, para Tomás, una escala evolutiva natural que empieza en las plantas, sigue en los animales, el hombre, los ángeles y Dios. Ya los ángeles, al no tener cuerpo, tienen una inteligencia inmediata, sin inercia como la nuestra. Dios, además de esto es eterno y, al no estar ligado a la materia, para Él no existe el tiempo, así que tiene una visión total del Cosmos, sin antes ni después.

   ¡Qué lejos quedan ya los ángeles exterminadores ...!

   Y, finalmente pregunto: ¿es necesario seguir la historia hasta nuestros días para darse cuenta de que no es la palabra de Dios la que guía al hombre, sino los hechos y las necesidades humanas las que configuran la imagen de Dios? ¿O, por decir de otro modo, para reconocer la etiqueta que lleva Dios en la manga?:

Made in homo


Manuel Reyes Camacho

(1) Jostein Gaarder, el joven filósofo noruego, en su libro El Mundo de Sofía, explica en forma magistral estas diferencias que yo mal-resumo.



10 de junio de 2007

Los orígenes de la CIENCIA y sus cualidades



Los orígenes de la ciencia y sus cualidades

            La ciencia es una parte importante de nuestro conocimiento y nuestra cultura actuales, tanto que, para algunos países del oriente, la ciencia es la religión de occidente. Y quizá tengan razón, nosotros hoy en lugar de construir catedrales construimos parques de las ciencias como catedrales (véase el “Príncipe Felipe” de Valencia. En su interior podría caber la catedral de Burgos)

            Los científicos tienen el mismo objetivo que los filósofos: buscar la verdad. En la historia, primero fueron los filósofos que creyeron que podrían comprender cómo era este mundo en que vivimos, y cómo somos nosotros mismos, utilizando la racionalidad, eliminando mitos y creencias sin fundamento. Aplicando esta racionalidad de forma extrema la filosofía parió su primera hija: la matemática, con Pitágoras, Thales, Euclides. La matemática es hoy una parte de nuestra cultura sin la cual no podría entenderse nuestro mundo actual, ni tampoco la ciencia.

            Pero ocurrió que cada uno de los grandes filósofos de la Época Clásica se hizo su propio Sistema del Mundo en el que se respondía, de forma racional y lógica, a todas las grandes preguntas del hombre: ¿Quién soy yo? ¿Por qué y para qué estoy aquí? ¿Cómo es el mundo? Podríamos decir que cayeron en una especie de incontinencia intelectual, haciéndose preguntas indebidas. Por lo que acabaron en una especie de Torre de Babel donde cada uno dio una explicación diferente y con frecuencia contradictoria. Y no había forma de saber quién tenía más razón.

            Mucho, mucho tiempo después, en el siglo XVI, en pleno Renacimiento, las gentes encontraron por fin un método para saber cuándo nuestro pensamiento es digno de confianza, o no. El truco es muy fácil: preguntárselo a la Naturaleza. Si la Naturaleza lo aprueba, lo podemos dar por válido; pero si lo rechaza, nosotros también lo olvidaremos, como olvidamos nuestros sueños. Esta contrastación con la Naturaleza es lo que los científicos llaman experimento. Y este modo de pensar en que uno puede inventarse las fantasías más grandes imaginables (como que el espacio y el tiempo se pueden alargar, encoger o retorcer, según cómo los miremos) pero nunca las da por válidas hasta que la señora Naturaleza concede su permiso, se llama método científico.

            Podríamos decir que la Ciencia fue la segunda hija de la Filosofía. Una hija, por cierto, bastante respondona y maleducada, que le gusta criticar a su madre, la filosofía, y que no respeta ni siquiera el criterio de autoridad, ni de su madre, ni de nadie. Estas cosas tan feas nunca las hizo su otra hija, la Matemática. Dicen los científicos que ellos sólo aceptan la verdad legalizada por la experimentación. Pero yo me temo que dicen estas cosas para justificarse por su feo comportamiento.

            Además, los primeros científicos de los siglos XVI y XVII, Galileo, Newton, y otros muchos, descubrieron otra cosa genial de la que ellos mismos casi no eran conscientes: que, para avanzar en el pensamiento científico, uno sólo debe hacerse aquellas preguntas a las que pueda responder. Así por ejemplo, si Galileo en el siglo XVI se hubiera preguntado por las deformaciones del espacio y el tiempo, habría sido un tonto, porque ni él ni nadie podría responder a eso en aquella época. Pero cuando, a principios del siglo XX, se las formuló Einstein, sí que pudo hacerlo y llegó a unas conclusiones igual de fantásticas: como que si él pudiera cabalgar sobre un fotón, entonces su reloj se detendría, y él no envejecería, ya que a la velocidad de la luz el tiempo no fluye. Después otros científicos, que no lo creían, se lo preguntaron a la Naturaleza, muchas veces, con experimentos muy diferentes, y la Naturaleza siempre respondió: “¡que sí, que sí, que es verdad… aunque os cueste creerlo!”

            El pobre Galileo, en aquella época, pensó que “sólo” sería capaz de poner en claro cómo se mueven las cosas y cuántos errores había cometido en ello Aristóteles, y lo logró.  Llegó a comprender que las cosas se mueven por sí mismas y que no hay que empujarles para ello, como pensaba Aristóteles. Que nadie tuvo que empujar a la Luna para que se moviera. Incluso fue capaz de comprender que aunque nosotros veamos que el Sol y las estrellas recorren nuestros cielos cada día, puede ser también que estén completamente quietos y que seamos nosotros los que nos movemos. Descubrió así lo que hoy llamamos el Principio de Inercia y la Teoría de la Relatividad (Einstein lo “único” que hizo fue ampliarla). Galileo, como Einstein, sólo se hicieron las preguntas que fueron capaces de responder. Bueno, la verdad es que también se hicieron otras a las que no alcanzaron, ¡y es que todos somos humanos! Pero, al menos, tuvieron la sensatez de no afirmar nada sobre ellas.

            Los filósofos, en cambio, siguen haciéndose preguntas que ni ellos ni nadie pueden responder, como ¿quién soy yo? ¿Por qué estoy aquí?

            Pudiera parecer que el pensamiento científico es entonces muy limitado. A este paso ¿cuándo podremos hacernos las preguntas de los filósofos? Bien, esto es algo que nunca debes preguntarte, puesto que hoy todavía queda muy lejano. Pero no creas, el pensamiento científico no es limitado, lo que ocurre es que la Ciencia se construye ladrillito a ladrillito, generación tras generación. Es un trabajo de hormigas, de inmensos hormigueros. Si Galileo levantara la cabeza, no podría creer las cosas que hoy sabemos gracias a los cimientos que él, y otros cuantos como él, plantaron en su día.

            El conocimiento científico tiene otro aspecto que es el que menos les gusta a los estudiantes: aquí todo se expresa en lenguaje matemático (ya Galileo insistía en que la Naturaleza tiene una estructura matemática) Para averiguar cómo funciona la Naturaleza, y nosotros mismos, como parte de ella que somos, hay que esforzarse mucho, trabajar muchísimo y con mucho rigor. La Naturaleza es muy egoísta y no nos deja que le arranquemos sus secretos fácilmente, se necesitan mentes muy firmemente preparadas, con mucha imaginación y con muchos deseos por alcanzar una verdad, aunque sea pequeñita.

            Y pese a que avanza pasito a pasito, gracias a la ciencia y a la tecnología que se deriva de ella, y que, desde el telescopio de Galileo, se hicieron amigas inseparables,  hoy nos sobra la comida, los vestidos, tenemos coches y casas, y podemos dedicar toda nuestra juventud a aprender y a divertirnos. Y estamos más sanos, vivimos más años y somos más altos y más guapos que fuimos nunca. Antes de la ciencia la gente trabajaba de sol a sol sólo para poder comer, y no siempre lo lograba, además de pasar sus vidas comidos por los piojos, las pulgas... Como sigue pasando en los países que, por desgracia,  aún se encuentran alejados de este conocimiento.

            Por fortuna, la ciencia tiene unos valores hermosos, como que todos los descubrimientos científicos y todo el conocimiento científico acumulado a través de sus cuatro siglos de existencia están publicados, y se siguen publicando para que todo el mundo tenga acceso a él. De modo que, todo el que lo desee, y esté dispuesto a hacer el esfuerzo necesario, podrá comprenderlo y aplicarlo en su beneficio.

            Así que, aunque podamos considerar a la ciencia como una hija pindonga de la filosofía, no se porta nada mal con el resto de la gente.

Manuel Reyes

15 de diciembre de 2006

La L.O.E.

Una orientación europea para la educación


El primer gran paso en los sistemas educativos de un país moderno es lograr la generalización de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años. Hito que logramos con la LOGSE muy tardíamente.Los pasos siguientes han de ir encaminados hacia la mejora de la calidad de enseñanza. Y este fue el objetivo de la LOCE y vuelve a serlo para la LOE.

Pero no es este un paso sencillo. De hecho la ampliación de la enseñanza obligatoria es un proceso traumático que, en nuestro país, entre otras cosas, ha dejado fuera de juego a los institutos de enseñanza media. Unos centros que funcionaban como relojes, nutridos por un colectivo de alumnos selectos con la mirada puesta en la universidad. A partir de la LOGSE, abruptamente, se vieron inundados por la totalidad de los alumnos del país, un buen número de los cuales no desean estar allí, ni comprenden todavía por qué tienen que estar si no desean seguir estudiando. Ante esto, el colectivo de profesores ha quedado sumido en la perplejidad, sin saber qué hacer con estos alumnos. Los profesores que pueden intentan escapar del barco sin rumbo por la vía de las jubilaciones anticipadas.
Nadie desde la administración se ha ocupado nunca de la readaptación de este colectivo de profesores a la nueva situación escolar.

Otro aspecto de las leyes educativas que importa mucho a toda la población implicada, si exceptuamos a la clase política, es el de los contenidos.

Puede decirse que la nueva ley mantiene básicamente los contenidos actuales, pero consolida la tendencia a la baja de niveles que ya se marcaba en las leyes anteriores. Parece como si nuestros políticos pensaran que los niños que abandonan la escuela lo hacen por no estudiar la Ley de Ohm. No queremos venir en conocimiento de que en algunos países nórdicos el fracaso escolar está casi erradicado y, al parecer, el aspecto más decisivo es la gran dedicación del profesorado a la tutoría. Donde, incluso, planifican periódicamente el trabajo de sus alumnos junto con sus padres. Y donde cuentan con servicios sociales que ayudan cuando los profesores creen no hallar el adecuado apoyo paterno.

A esta tendencia bajista “legal” habrá que añadir la que ofrezcan algunas editoriales que, contagiadas por el legislativo, intentarán llevar la rebaja más lejos todavía. Suele ignorarse que los profesores tienen sencillos recursos para atenuar el nivel de un texto y adaptarlo a los alumnos de menor ritmo, como: saltar algunos aspectos complejos o quedarse en un tratamiento solo cualitativo, etc. Pero la tarea contraria, partiendo de un texto muy bajo, es casi imposible ya que la administración no suele elaborar materiales de ampliación.

El eterno perdedor en nuestros sistemas educativos ha sido siempre “el buen alumno”.

Lo verdaderamente novedoso de la LOE es el cambio de orientación didáctica hacia las competencias.

El ministerio ha abrazado abiertamente las orientaciones europeas para la enseñanza. Pienso que esto constituye un paso decisivo, no solo por la conveniente tendencia a buscar la convergencia europea, sino, especialmente, por la elevada dosis de pragmatismo que la nueva orientación podría inyectar a nuestra enseñanza, tan sobrada siempre de lo contrario.

No me resulta posible, en el corto espacio de que dispongo, explicar las características y peculiaridades de la nueva orientación didáctica pero, al menos, intentaré una aproximación grosera al tema:

  •  Se acentuarán especialmente aquellos contenidos que resulten más relevantes, significativos y de actualidad para la vida del alumnado y su futuro social y laboral.
  •  Los objetivos que los profesores han de perseguir estarán más centrados en el modo cómo los alumnos son capaces de aplicar lo aprendido a su vida ordinaria y a comprender y explicar el mundo que les rodea.
  •  El punto de mira de todo el sistema se focalizará en hacer del alumnado personas competentes, a través de una enseñanza pragmática, para la vida.

Sólo queda esperar que la administración educativa sepa transmitir este nuevo paradigma y contagiar al colectivo de profesores en la búsqueda de las adecuaciones necesarias del trabajo escolar.



Manuel Reyes Camacho

Artículo publicado por la revista QeI (Química e Industria) en su número 567 de octubre-noviembre 2006.

6 de junio de 2006

Zorita se jubila


Los jubilados recientes tenemos una cierta hipersensibilidad hacia todo lo que huele a jubilación, quizá por ello he fijado mi atención en Zorita que es una vieja conocida de todos. Una central nuclear que ha cumplido sus 37 añitos de vida, demasiados para una nuclear, pero que con un único reactor de agua ligera de apenas 160 megavatios –una miseria– ha suministrado el 75 % de la energía de la provincia de Guadalajara donde se ubica. Y con una eficiencia difícil de superar: ha estado trabajando el 90,17% de todo su tiempo operativo. ¡Habría que concederle una medalla al mérito en el trabajo!

Ha recibido una muerte piadosa, se apretó el botón rojo de “parada en frío” a las 23:30 del 30 de abril pasado. En este momento centenares de barras de grafito cayeron lentamente sobre su núcleo incandescente, que así comenzó a enfriarse. Su corazón de neutrones comenzó a languidecer. Una semana más tarde se inundó el reactor de agua, se abrió la gran tapa de la vasija y se extrajeron sus órganos vitales, 69 barras de uranio “quemado”, que ahora hay que introducir en herméticas vasijas de cemento, plomo y acero, y darles piadosa sepultura bajo tierra.


Era la menos poderosa de la familia. Tenía 6 hermanas de 1 000 megavatios cada una, salvo Garoña de 500. Pero era la más vieja. Sus sistemas de control construidos en 1969 ya no eran dignos de confianza, así que el Gobierno Español y la Comunidad Europea, decidieron defenestrarla. Un gesto de prudencia digno de alabanza, especialmente si se tiene en cuenta su escasa aportación en el consumo energético nacional y que, comercialmente, estaba ya bien amortizada.

Ahora bastará con quemar apenas 23 toneladas de petróleo más en las centrales térmicas, cada hora, para sustituirla. Lo que tendrá la ventaja adicional de suministrar a la atmósfera unas 70 toneladas más de gases de efecto invernadero, cada hora. Y la no menos significativa de que ahora el monto de sueldos de trabajadores y técnicos, así como los beneficios empresariales volverán a las manos de Bush y los países árabes productores de petróleo, como está mandado.

¿Y de sustituirla por otra qué…? Ah no, de eso nada, en España no se monta una nueva central nuclear mientras quede un solo ecologista vivo o mientras quede un político que quiera ganar las elecciones. Lo que hay que hacer es eliminar las 6 restantes. Esto no será ningún problema en el futuro, Francia tiene 59 reactores nucleares y van a construir más, uno de ellos, enorme, en los Pirineos, con la intención de vendernos la energía eléctrica a nosotros, ¡los muy pillines! Pero con esta situación salimos ganando porque si algún reactor francés tuviera un accidente, la nube de gases y polvo radioactivo les caerían ellos. No es previsible que la nube vaya a tener la poca vergüenza de venirse hacia nosotros y atravesar las fronteras sin pasaporte. Además, incluso nos libraríamos de la enojosa tarea de formar a tantos cientos de científicos y técnicos de alto nivel y pagar sus sueldos de mayor nivel aún, y esto sin contar con los beneficios de empresa, etc. Todo este engorro correrá de cuenta de los franceses, ¡allá ellos!

Los chinos son otros locos de este estilo, han construido 6 centrales en los últimos tres años y están construyendo otras 50 más, ¡si serán brutos!

Por otra parte, algunos expertos nos explican que es absurdo que intentemos construir centrales nucleares. Pues ¿no tenemos ahí arriba, en los cielos, la más gigantesca y hermosa central nuclear jamás vista? El Sol, la inspiración de los poetas no deprimidos, la fuente de nuestra vida, no es otra cosa que una bomba de hidrógeno “explotando” de forma continuada durante cinco mil millones de años y, por fortuna para nosotros, le queda combustible –hidrógeno– para otros tantos. Y además no nos mata, porque la atmósfera y nuestro campo magnético terrestre hacen de sombrilla nuclear. ¿Por qué, entonces,  no instalamos células solares por doquier? Cubramos todos los terrenos que no sean productivos de paneles solares, totalmente ecológicos. ¿Que el kilovatio hora nos cuesta entre 60 y 75 céntimos de €, en lugar de los 2 céntimos que nos cuesta en las nucleares?  ¿Qué la energía total que una célula de éstas produce a lo largo de su vida es igual a la que se gasta en su construcción? Bueno, estos son problemillas que se resolverán con el tiempo.

¡Vaya marrón que se nos viene encima con esto de las energías! Con razón los gurús no dejan de repetir el mantra:
*       mmmmmm, la única energía limpia es la que no se gasta
*       mmmmmm, la única energía limpia es la que no se gasta
Repite conmigo:
*      mmmmmm, La única energía limpia es la que no se gasta
*      mmmmmm, La única energía limpia es la que no se gasta, mmmmmm…

Manuel Reyes

9 de junio de 2005

Teoría de la Relatividad de la Información



El problema de la luz, los relojes y la información

En un aniversario de la Teoría Especial de la Relatividad tan celebrado en todo el mundo occidental hubiera sido una descortesía dejar pasar la efemérides sin aportar unos minutos de reflexión al tema.

Me voy a centrar en aquello que más ha llamado mi atención a lo largo de las celebraciones: La desinformación. Era de esperar que un tema tan controvertido y maltratado por la falta de comprensión como éste hubiera sido abordado por personas bien informadas que, aprovechando la ocasión, hubieran puesto los puntos sobre las ies y desempolvado el horizonte relativista. Pero no ha habido tal. Lo único que ha ocurrido es que las trivialidades y las interpretaciones erróneas se han extendido como el aceite sobre el agua por periódicos y revistas.

Creo que no hay otra teoría científica en la que podrían encontrarse mayor número de errores incluso en los propios libros de ciencias. ¿Y cómo ha podido producirse esto? No me parece que la complejidad de la teoría lo justifique. Alguna de las causas posiblemente habría que buscarla en el texto original escrito por el propio Einstein donde también hay imprecisiones, ambigüedades e incluso evidentes errores.

Un ejemplo de error. Dice Einstein: “Si se encuentran en A dos relojes que marchan síncronos y se mueve uno de ellos en una curva cerrada con velocidad constante, hasta que vuelve a A, lo que pueda durar t segundos, entonces retrasa el reloj en movimiento respecto al reloj que ha permanecido en reposo alrededor de
 

Se concluye que un reloj de resorte que se encuentre en el ecuador de la Tierra debe marchar más lentamente en una pequeña cantidad que un reloj parado exactamente igual y que esté exactamente en las mismas condiciones, pero en uno de los polos de la tierra”.

Habría que criticar, en primer lugar, que el ejemplo no es idóneo puesto que se trata de movimientos circulares y por tanto no son movimientos rectilíneos y uniformes que es a los que se refiere su Teoría de Relatividad. Los movimientos circulares son acelerados y quedan por tanto excluidos. Pero esto es lo de menos, porque podría aducirse que la aceleración centrípeta fuese tan pequeña que pudiera despreciarse. El mayor error consiste en que si esto fuera cierto podríamos saber qué reloj se mueve: el que retrasa, y por tanto cuál está en reposo: el otro. Y, precisamente, lo que se deduce de la teoría es todo lo contrario, que no es posible distinguir al movimiento (rectilíneo y uniforme) del reposo.

Es muy posible que este error haya sido también el origen de la absurda paradoja de los gemelos, tan aireada en estos días.

Me gustaría que nuestros alumnos pudieran inducir de esto que no existen los dioses sino los hombres; y que no es acertado mitificar a nadie.

Da la impresión que cuando Einstein escribió esto no había asumido todavía del todo que el anómalo funcionamiento de los relojes era sólo un problema de la información que distintos observadores reciben (como indica claramente en el resto de su tesis) y no del funcionamiento real de los relojes. Ruiz de Elvira, catedrático de física de la Universidad de Alcalá de Henares, en su reciente libro “Cien años de relatividad[1] achaca estas imprecisiones a que Einstein no fuera profesor, y yo estoy muy de acuerdo con ello. Cuando un profesor ha de explicar una teoría a sus alumnos y responder a sus preguntas acaba esclareciendo hasta los más profundos significados. Claro está que tampoco habría que descartar que Einstein tuviera prisa en su publicación y no esperara ni tan siquiera lo suficiente para digerir a fondo sus propias ideas: no se olvide que en este mismo año de 1905 publicó otros tres trabajos más, todos ellos trascendentes, y en 1906 otros cinco.

Pero ¿qué es lo que realmente dice esa endemoniada Teoría de Relatividad? Einstein la enuncia mediante dos principios:

*  Todas las leyes de la física, tanto mecánicas como electromagnéticas, se cumplen de igual modo en cualquier sistema de referencia inercial. [2]
*      La velocidad de la luz en el vacío es una constante universal cuyo valor no depende del movimiento del foco emisor ni del observador.

El primero, o principio de relatividad propiamente dicho, no es muy novedoso porque es “tan sólo” una ampliación del principio de relatividad clásico, también llamado de Galileo, que podríamos enunciar así: Todas las leyes de la mecánica se cumplen igualmente en cualquier sistema de referencia inercial. Es decir que Einstein se limitó a ampliar al electromagnetismo, a la luz, lo que ya era cierto para la mecánica.

Aclaremos que un sistema de referencia inercial (en adelante s.r.i.) puede ser cualquier objeto que esté en reposo o se mueva con movimiento uniforme (velocidad constante y trayectoria rectilínea), es decir, aquel cuerpo que no esté sometido a ninguna fuerza exterior que lo acelere. Podríamos imaginar a un asteroide moviéndose libremente muy lejos de estrellas y planetas, esto sería un s.r.i. Imaginemos ahora que viajamos sobre él y deseamos averiguar si nos movemos o no, ya que nuestros sentidos no pueden captarlo, solo veríamos lejanas estrellas inmóviles. ¿Qué experimento podríamos hacer para distinguir el reposo del movimiento? Como ya averiguó Galileo no podríamos investigarlo con ningún experimento mecánico puesto que todos darían el mismo resultado si el asteroide está en reposo que si se mueve. Lo que ahora añade Einstein es: "tampoco sirve ningún experimento óptico".

De lo que se deduce que:
No es posible distinguir el movimiento uniforme del reposo.

Quizá porque físicamente no sean dos cosas distintas, o quizá porque el reposo absoluto no existe. Sea cual sea la causa, ésta es la consecuencia más inmediata del principio de relatividad, que ya conocíamos desde el comienzo de la era científica. Pero ahora, al añadir la luz al problema, pueden deducirse otra larga serie de consecuencias, algunas de las cuales son verdaderamente alucinantes.


Imaginemos ahora que una nave intergaláctica, proveniente del Lado Oscuro cruza el espacio sobre nuestras cabezas como un rayo. La nave es totalmente transparente. En su interior puede verse a Obi-Wan Kenobi echando una siestecita, además se ve un reloj y unas lámparas fotónicas que lo iluminan. Justo cuando pasó a nuestro lado el reloj tenía exactamente la misma hora que el nuestro, las 3 en punto. Quince minutos después, utilizando nuestro telescopio-bariónico miramos al reloj de la nave y observamos con estupor que marca las 3:14. Media hora más tarde volvemos a inspeccionar el reloj de la lejana nave y vemos que marca las 3:28. No hay duda ¡El reloj de la nave atrasa! un minuto cada 15. Luego Obi-Wan está envejeciendo más lentamente que nosotros, cuando pase un año él sólo habrá envejecido unos 11 meses. Pero ¡ay!, no es esto sólo lo que ha ocurrido. La nave al alejarse de nosotros ¡se ha acortado!, era más larga cuando pasó a nuestro lado. Sin embargo las dimensiones de la nave perpendiculares a la dirección del movimiento no se han alterado, por eso Obi-Wan se está asemejando cada vez más a R2D2.

Cuando Obi despierta y observa cómo nuestro asteroide se aleja de él a la velocidad del rayo, toma su telescopio muónico y nos observa. Descubre que nuestro reloj atrasa, justo un minuto cada 15. ¡Ah, claro!, piensa sonriente,  se alejan muy deprisa y la información luminosa que recibo de ellos se encuentra retrasada, podría deducir del retraso aparente de su reloj la velocidad con que se alejan de mí… si no estuviera todavía somnoliento…, y bostezó.

Yoda, que está “contemplando” telepáticamente todo cuanto ocurre, sonríe, y piensa: “alumnos Manjón relatividad aprender tienen. Relojes ambos sincronizados están porque en sistemas ambos leyes de física igualmente cumplirse tienen. Sólo información que observadores reciben alterada se encuentra porque velocidad de luz constante es y de movimientos de naves no depende”. “Orden daré Obi-Wan regresar a asteroide para teoría comprender niños”.
Habían pasado casi dos horas cuando Obi recibe la orden telepática y gira su nave encarando al asteroide. Nosotros, al ver que la nave regresa, observamos su reloj con el telescopio. Lleva un retraso acumulado de 8 minutos, marca las 4:52 mientras que en el nuestro son las 5. A las 5:15 en nuestro reloj volvemos a mirar: ahora marca las 5:08, ¡ahora adelanta un minuto cada 15! de seguir así pronto alcanzará al nuestro. Y, justamente cuando la nave volvió a pasar junto a nosotros su reloj marcaba exactamente la misma hora que el nuestro. Y Obi-Wan había envejecido 4 horas, igual que nosotros. ¡Qué misterio tan insondable! ¡Debe ser la magia de Yoda!, pensaron los alumnos, y se tumbaron a dormir sobre el asteroide.

Pero ¿por qué la luz se empeña en engañarnos? Si todos los relojes que se encuentran en sistemas inerciales funcionan igual, ¿cómo es que nosotros vemos que atrasan si se alejan, o adelantan si se nos acercan?

Imagina de nuevo la nave en la lejanía. En tu reloj son las 4 en punto. Una lámpara se enciende en la lejana nave durante un momento e ilumina al reloj que marca las 4 en punto, pero tu no puedes verlo porque los fotones que han iluminado al reloj deben ahora viajar hasta donde tú te encuentras. Supongamos que tardan en llegar hasta ti un minuto, transportando por el espació la imagen (la foto) del reloj marcando las 4. Cuando por fin alcanzan tu retina entonces es cuando tú ves que el reloj de la nave marca las cuatro. Si en ese instante miras al tuyo verás que marca las 4:01, un minuto más, luego pensarás: el de la nave atrasa. Pero no es así, es, sencillamente, que la luz ha tardado un minuto en hacerte llegar la información.

Otro tanto ocurre con las deformaciones que apreciamos en los objetos en movimiento. No cambian las cosas que se mueven a altas velocidades, lo que cambia es la información que recibimos de ellas.

Por esto pienso que si Einstein hubiera titulado a su trabajo: Teoría de la Relatividad de la Información, todo el mundo lo habría tenido muy claro desde el principio, incluso él mismo.

Manuel Reyes Camacho
Ilustraciones de Carmen Guardia




[1] Cien años de relatividad, Antonio Ruiz de Elvira, Episteme/3, Nivola Ediciones, Madrid 2003.
[2] Este enunciado no se corresponde con la traducción literal del de Einstein sino que me he permitido hacer una transposición didáctica para su mejor comprensión. El segundo principio es casi literal.

10 de marzo de 2005

Milenios que llegan


El TERCER MILENIO

       Resulta insólito aceptar que estamos a las puertas —1999— del tercer milenio de nuestra era. ¿Pero qué significa entrar en el tercer milenio? ¿Tiene esto algún significado real?  Como tantas otras cosas, esto de la cronología solo es un invento del hombre, quien, a fuerza de utilizarlo, llega a tener dificultades para diferenciarlo de la realidad objetiva. La Iglesia Católica decidió cambiar la cronología romana por otra más apropiada para ella, tomando como referencia el nacimiento de Cristo. Naturalmente otras culturas tomaron otros puntos de referencia y por tanto siguen calendarios diferentes, de modo que el año próximo no tiene para ellos ningún significado numérico especial.
      
        Los que pertenecemos a la "civilización occidental" entraremos dentro de unos meses en el año 2000, pero curiosamente nadie sabe si éste será el primer año del tercer milenio, como parece, o el último año del segundo milenio.
      
       ¿Cómo es esto posible? ¿Quién es el responsable de este desaguisado lógico? Se viene señalando con el dedo al pobre fraile Dionisio el Exiguo (a quien sus hermanos clérigos, exiguos ellos en misericordia, llamaban así por su baja estatura). Pero analicemos la historia y los conceptos con la calma debida para poder dar al César lo que es del César.
            
       El papa Juan l, allá por el siglo VI, para esclarecer el confuso panorama de fechas religiosas que imperaba en la época, encargó a un sabio monje, Dionisio, al parecer mucho más espigado de mente que de cuerpo, la confección de una cronología cristiana definitiva.
       
       Dionisio calculó que Jesús había nacido el 25 de Diciembre del año 753, contando desde la fundación de Roma. Pero como el calendario romano empezaba a contar los años el 1 de Enero, retrasó unos días el origen del tiempo cristiano para hacerlo coincidir con el 1 de Enero del 754 ideando la excusa de que ése era el día en que Cristo había sido circuncidado. Por desgracia llamó a esa fecha «1 de Enero del año 1» cuando es palmario que debía haberla llamado «1 de Enero del año cero», lo que habría evitado las discusiones que nos martirizan ahora.
      
       Dionisio el Exiguo, al parecer, no se apercibió que con su calendario, Cristo celebraría su primer añito en el año 2 de nuestra era, y cumplió los 33 en el año 34. ¡Curioso calendario! Fray Dionisio olvidó empezar el tiempo por el año cero, con lo que dio al traste con todas nuestras nociones usuales de cálculo. Como no hubo año cero y el primer año de nuestra era fue el año uno, el primer año del tercer milenio tendría que ser el 2001.
      
       Pero si analizamos la historia, no sólo a lo largo sino también a lo ancho, descubriremos que fray Dionisio no es culpable del desaguisado. No se puede culpar al pobre fraile de no conocer el cero. El cero es el verdadero culpable de nuestra historia, porque, ni fray Dionisio, ni nadie en su época, conocía este número, que en realidad casi ni es un número ya que no vale nada... El dichoso cero no existía en la numeración romana, quizá por eso los romanos no fueron nunca buenos matemáticos y no por ser demasiado brutos, como quizá está pensando el malvado lector. El cero fue importado a Europa como una mercancía sin valor, procedente del lejano oriente y traída por los árabes en las alforjas de sus camellos, algunos siglos después de fray Dionisio, en las cercanías del Renacimiento.
      
       ¡Qué cosa tan curiosa es el cero, qué idea tan genial!  ¿A quién se le ocurriría?
      
       Pero volvamos a nuestra historia. Depuradas las responsabilidades llegamos a la conclusión de que en buena lógica matemática el primer año del tercer milenio debe ser el año cero: el 2000.

Debe ser y será, pese a que los ordenadores (esas máquinas luciferinas que enredan nuestras vidas) nos tienen preparada una apoteósica entrada de siglo... Como ya debe saber el avispado lector, los programadores del lenguaje que entienden estas endiabladas maquinitas, con el fin de ahorrar memoria (preciosa y carísima joya, hoy por hoy) tuvieron la genial idea de anotar las fechas con cifras de dos dígitos, puesto que las dos primeras eran siempre las mismas, 19. Así para guardar el año 1965, los ordenadores toman tan solo “65”, ya se entiende que es 1965. ¿Pero qué pasará cuando tengamos que escribir un asiento contable en el año 2065? Pues que el simpático ordenador lo situará en 1965. ¡Genial! ¿Qué va a ocurrir con las contabilidades de los bancos, de la bolsa, de los estados?  Y es que debe haber también mentes exiguas en el siglo XX.
   

Manuel Reyes Camacho
Este artículo fue publicado en la Revista del Instituto Padre Manjón, Granada, en Mayo del 1999 

12 de mayo de 2002

La CIENCIA, o el país de las pequeñas verdades

Sobre la naturaleza de la ciencia


      Desde que los científicos arrebataron el timón del conocimiento a los filósofos hemos aprendido que la verdad, la gran verdad, está muy lejos, y hemos consentido en conformarnos con ir atesorando pequeñas verdades de todos los tamaños y colores.
   
      Un día aprendimos también que no era bueno atesorarlas en bellos cofres; era mucho mejor ordenarlas, buscar el modo de que encajaran unas en otras, de que se apoyaran unas a otras buscando la coherencia, porque en realidad son piezas de un puzle cósmico.
   
      Con este pensamiento de ordenar por afinidad y correlación hemos logrado construir rutilantes edificios lógicos. El más antiguo de ellos es el llamado de la Mecánica Clásica. Tiene a la entrada una soberbia talla de Galileo en mármol de Carrara y, en la más alta de sus torres, otra que representa a un viejo y jovial loco despeinado –debe ser Einstein– tallado en brillante uranio metálico. Recorrer el interior de este edificio es más extraordinario y sorprendente que la aventura de Alicia, porque este es el verdadero País de las Maravillas. Al atravesar el dintel, donde puede leerse "Salón de la Cinemática", piensas que vas a enloquecer contemplando al Cosmos en vertiginoso movimiento. Pero cediendo al fluir del tiempo, desde los majestuosos torbellinos de las galaxias a los alocados saltos de los átomos, acaban formando una sorprendente sinfonía de bellas razones lógicas.
   
      Claro que esto no es nada comparado al éxtasis que se experimenta al penetrar en el grandioso Salón de la Mecánica. En él todo interacciona. Todos y cada uno de los infinitos elementos que forman el Universo están ligados entre sí mediante finísimos, intangibles y rutilantes hilos, gravitatorios, eléctricos, magnéticos, nucleares, que comunican desde lo más próximo a lo más lejano. Es alucinante sentirse en medio de esa etérea telaraña donde te sientes uno con el Cosmos. En la plenitud de esta unicidad alcanzas la iluminación, descubres el por qué de todo cambio, de todo movimiento.
   
      Pronto caes en la cuenta de que, en realidad, estás dentro de una gran ciudad. Así, el primer edificio que visitamos estaba dentro del segundo, y éste, a su vez, dentro de otro, gigantesco, llamado de la Mecánica Cuántica. En él, electrones y fotones bailan la más fantástica y alucinante danza que jamás artista alguno alcanzó a soñar.
   
   
      Perdido en este mundo de la ciencia entré un día, sin saber cómo, en un extraño edificio en construcción. Los ladrillos eran proteínas; las puertas, delicados lípidos en movimiento que podían darte paso o impedírtelo; las columnas, de estilo salomónico, estaban construidas por larguísimas series de aminoácidos. Todo aquí era blando y cambiante: las formas, los colores, las luces, variaban sin cesar y sin embargo todo tenía siempre la misma estructura. Los hombres y mujeres que por allí volaban tratando de encajar las piezas intentaban pacientemente descifrar un enigma: el lenguaje de la vida.
   
      Pronto me percaté de que algo en este lugar era diferente. En el semblante de los humanos, además del ensimismamiento, la irritación, o la alegría de cada momento, había permanentemente un rictus de miedo. Parecía como si un extraño espíritu amenazante flotara por todas partes, como si en realidad se estuviese librando una gran batalla por el poder. Me marché sobrecogido y temeroso.
   
      ¿Qué pasará cuando el gran secreto de la vida esté en nuestras manos? Ya nada será como antes, desde la más humilde hierba o el más feo insecto al más terrible depredador, será como nosotros deseemos que sea. Ya nunca más se cumplirá el ciego designio del espíritu de la Naturaleza. A partir de ahora la evolución de las especies estará en manos de la inteligencia humana. Para fabricar escarabajos verdes con pintas fucsia no habrá que esperar al azar durante milenios, sino a la certeza durante meses. Sentí cómo un gesto de espanto quedó estampado en mi expresión.
   
      ¿Pero no eran los dioses los amos y señores de la vida?
   
      ¿No será que este mundo del conocimiento es en realidad el Olimpo, y nosotros, aprendices de dioses?
   
      ¿Pero no éramos nosotros aquel homo sapiens demens que con grandes estertores parió la madre Naturaleza? ¿Cómo nuestra humilde y enloquecida mente puede llegar a dominar la vida hasta el punto de fabricarnos a nosotros mismos?
   
      Un fuerte escalofrío recorrió mi cuerpo como un latigazo...
y desperté.

             
La ciencia es un edificio lógico construido con pequeñas verdades firmemente cementadas.


      Manuel Reyes Camacho

Artículo publicado en la Revista del Manjón el 6 de Mayo del 2002. Granada.
     


10 de mayo de 2001

La Energía Oscura

O la nueva crisis de la ciencia

Nuestra Galaxia, recreación.

El cambio de siglo nos ha obsequiado con una nueva y fascinante crisis en el mundo científico que no tienen nada que envidiar a la de principios del pasado siglo XX.

      Podríamos decir que la tribulación comenzó con la peregrina idea de Planck de la cuantización de la energía (no se le ocurrió otra salida para explicar la radiación del cuerpo negro), seguido por el “modelito” de átomo  que había elaborado Rutherford bombardeando un pan de oro con radiaciones exóticas procedentes del radio (recién descubierto) según el cual, las antiguas bolitas macizas que siempre habían sido los átomos estaban casi vacías y contenían unas insólitas partículas: electrones, protones, neutrones... ¡increíble!  Todo ello fue aderezado posteriormente por Bohr a quien, para que no faltara nada, se le ocurrió pensar que los electrones se movían mediante “saltos cuánticos” pasando así de un lugar a otro sin haber estado nunca en ningún lugar intermedio; ¡pura magia!

      Si a lo dicho añaden Vds. el descubrimiento de Hubble,  que analizando el corrimiento al rojo de las rayitas del espectro de la luz de las galaxias, dedujo que el Universo no era estático sino que estaba en continua expansión, ... pueden hacerse una idea del caos de la época. Ya nada era como antes. Tantos cambios se produjeron en tan poco tiempo que al propio Einstein le cogieron en calzones. ¡Hombre esto se avisa! Cuando el pobre hombre tenía elaborada su brillante teoría gravitatoria en la que había logrado explicar de forma genial la razón por la que el Universo era maravillosamente estático... Tuvo que rehacerlo todo para demostrar que el Universo estaba en una maravillosa expansión. Quizá para vengarse de esta faena se inventó aquellas increíbles cuatro dimensiones del universo y tiró a la basura las fuerzas a distancia de Newton reemplazándolas por la curvatura del espacio-tiempo, amén de todas aquellas locas ideas relativistas sobre la constancia de la velocidad luz que nos forzaban a aceptar –pero conste que de muy mala gana– que es el espacio el que se estira o se encoge, y el tiempo el que transcurre unas veces más deprisa y otras más despacio, y no la luz la que corre más o menos.
   
Hacia 1929 Wolfgang Pauli –creador del famoso principio de exclusión y de la teoría cuántica de campos– escribía: “En este momento la física se encuentra en un estado de terrible confusión, me gustaría haber sido actor de cine o algo por el estilo y no haber oído hablar nunca de la física

En fin, es complicado mencionar siquiera con un mínimo de orden el inmenso cúmulo de ideas geniales, descubrimientos asombrosos y contiendas científicas que abrieron aquella nueva etapa para la física a la que hoy llamamos Física Cuántica. Una nueva forma de entender este inaudito mundo en el que hemos nacido.

Y he aquí, que cuando finaliza felizmente el siglo XX, cuando ya parecía que nos íbamos familiarizando con las excentricidades de las partículas elementales, a un grupo de fogosos astrónomos se les ocurre la inquietante idea de “pesar” el universo. Ni al mismísimo Mefisto se le hubiese ocurrido idea tan peregrina. Y en efecto, fue un desastre: resultó que pesaba mucho más que la materia conocida y contabilizada en sus libros de cuentas. ¿Y ahora qué?
La materia y la energía oscuras forman la mayor parte del Universo, pero no sabemos en qué consisten. El Universo que captan nuestros sentidos y nuestros aparatos no supera el 4% de lo que existe.

Pues nada, que a algún físico socarrón se le ocurrió que debía existir una especie de materia oscura formando grandes anillos extragalácticos. De este modo, además de explicar el exceso de peso se explicarían los extraños movimientos de las galaxias. ¡Muchas "Guerra de las Galaxias"! tienen en sus cabecitas los físicos que salen hoy de nuestras facultades.

Pero, como de costumbre, las desgracias nunca vienen solas y, hace apenas dos años, dos grupos diferentes de científicos, trabajando separadamente y estudiando las explosiones de las supernovas en galaxias muy lejanas (menuda ocurrencia) descubren que el universo no está en una simple expansión sino en una expansión acelerada, lo que han dado en llamar: Universo en aceleración.

Para aclararnos pondremos un ejemplito. Cuando tiramos una piedra hacia arriba sabemos que sube con movimiento retardado, cada vez más despacito, frenada por su peso, hasta que se detiene, y vuelve a caer sobre nuestra cabeza con un movimiento inverso al de subida. Esto es fácil de aceptar, pero cuando tengo que explicarle a mis alumnos que si la piedra la tiramos con más, mucha más, velocidad inicial, puede llegar a no caer nunca, ... siempre necesito un buen rato de contienda académica hasta convencerlos de que en realidad esto es lo que hacemos para “sacar de la Tierra” a los vuelos espaciales. Pues bien, no puedo ni imaginar lo que tendré que ingeniar ahora para convencerles de que, lo que se acaba de descubrir, es que, las piedras muy rápidas de ahora, en lugar de continuar su viaje a velocidad constante, lo que hacen es elevarse cada vez más deprisa.

Esto es lo que ocurre en nuestro Universo, que todas las galaxias huyen unas de otras como si se las llevara el diablo. ¿Y quién les empuja?, pues hombre, cómo no se nos había ocurrido: ¡la energía oscura!.

¡Adiós, Newton! ¡Adiós, Einstein! ¡Adiós, Física! Otra vez tendremos que abandonar el maravilloso edificio de la sabiduría, por derribo. ¿Por qué ha de ser el Mundo tan endemoniadamente complejo?

Sería prolijo explicar a Vds. la vorágine de polémicas, ideas locas, experimentos fantásticos, que se están disparando en estos momentos. Para muestra un botón: La energía oscura, que al igual que la materia oscura, no puede verse ni captarse por procedimiento alguno conocido ya que no interacciona con la luz (ni la absorbe ni la emite) se supone que es un campo, como el gravitatorio o el electromagnético, pero que promueve una fuerza gravitatoria de repulsión. Algo así como la famosa constante cosmológica, o energía del vacío, que Einstein había introducido (por error?) para explicar el equilibrio entre la atracción gravitatoria y otra fuerza repulsiva, de tal modo que el Universo fuese estático.
Según la Teoría de Membranas, podrían existir otros universos a unos milímetros del nuestro, vía gravitatoria (líneas onduladas rojas) pero a millones de años-luz por la membrana espacio-temporal que captan nuestros sentidos (líneas continuas amarillas).

Todo esto implica una sarta de locuras, como que en el cosmos hay mucha más materia y energía oscuras que la materia que conocemos; que no tenemos ni pajolera idea de lo que son estas “cosas oscuras”, que ahora ya no hay cuatro fuerzas que gobiernan al mundo sino cinco; que hay una especie de gravedad negativa; que el universo es plano; que las partículas elementales ya no son bolitas sino cuerdecitas vibrantes, que nosotros captamos 4 dimensiones pero hay 11, que las famosas constantes universales como G, e incluso c, podrían no ser constantes ...

¿Hay entonces motivo de preocupación?

En modo alguno, todo lo contrario, estamos viviendo una época gloriosa. Según el filósofo de la ciencia Kuhn, la evolución y el progreso habituales de la ciencia se producen en sucesivas etapas de desarrollo y crisis. Esta crisis nos llevará más lejos y en menos tiempo, ¡viva la crisis!

Manuel Reyes Camacho

NOTA: Artículo publicado en la Revista del Instituto Padre Manjón, de Granada, con carácter divulgativo para alumnos de enseñanza secundaria. Mayo 2001



11 de abril de 2001

La Fuente del Avellano

o El Hechizo de las Aguas Alhambrinas

Antigua foto de la Fuente del Avellano con sus aguadores.
Hubo un tiempo en que hablar o escribir sobre las fuentes de Granada era normal, estaba dentro de la ortodoxia romántica, poética o literaria, pero hoy, cuando alguien te invita a realizar un acto de tan extraña naturaleza no sabes bien si te toman la escasa cabellera remanente o te invitan a un baile de máscaras. Sin embargo ante las aclaraciones de seriedad y la insistencia, uno acaba por abrir el baúl de los recuerdos, por si acaso...

¡Ah caramba, pues ahora que lo dices... sí que podría contar una historieta...!

Verás; hace mucho, mucho tiempo, Granada tenía una fuente: La Fuente del Avellano, tan famosa y popular que para siempre quedó inmortalizada en poesías y tonadillas populares. Me refiero a esa fuente que mana bajo los pies de la Alhambra, en la umbrosa rivera del Darro . Pero he aquí que un buen día dejó de manar, y esto, que debería haber sido causa de luctuosa pena y grandilocuente ensalzamiento, se convirtió en mofa, risa y befa para algunos y en profundo fiasco y desencanto para los más. Y es que el óbito coincidió con la reparación de la acequia de la Alhambra, que, de tanto abandono, había acabado por derruirse allá por donde Boabdil se había sentado para esperar a que se calmase su ciudad amotinada.
Actual Fuente del Avellano

La canalización de la acequia y la extinción de la fuente habían dejado al descubierto el gran misterio: La mejor de las fuentes, en la ciudad de las fuentes, la mejor de las aguas, en la ciudad de las aguas, no eran otra cosa que lágrimas de una acequia.

Pero esto que podría parecer un simple fiasco pueblerino, esconde en realidad muchos misterios, porque a veces he pensado que muy bien podría ser una venganza de los duendes de las aguas alhambrinas.

Esta afirmación, hecha por el que suscribe, puede parecer altamente increíble para quien me conozca, pero he de confesar que mi sustancia científica no es pétrea, lo descubrí hace algún tiempo, para mi pesar. Tratándose de la Alhambra, puedo creer cualquier cosa. Debe ser el surco que dejó en mi tierno espíritu juvenil la lectura de Washington Irving.

Conocedor de mi flaqueza he recurrido en repetidas ocasiones a mi hermanico Emilio, que es un científico de los que hacen la ciencia, no como yo, que pierdo mi tiempo intentando en vano transmitirla. Además él es una de las pocas personas que hoy siguen luchando contra estos duendes porque casi nadie sabe que, los muy ladinos,  ahora se han empeñado en hundir la Alhambra.
Trasgo

Puesto que hace mucho, mucho tiempo, que la gente se ha olvidado de la Fuente del Avellano, estos trasgos (porque yo creo que no son duendes, sino trasgos), se han dedicado a lamer las entrañas de la tierra, justamente debajo de los cimientos de la Alhambra que cada día se encuentra  más y más flotando sobre agujeros, y el día menos pensado... nos darán un gran susto.

Mi hermano piensa que los viejos aljibes pueden estar deteriorados, achaques de los años, y por esta causa las aguas escurren por entre las tierras sin control, erosionándolas y dejando a las murallas y las torres sin apoyo. Por esto se dedica a añadir a las aguas extrañas pócimas (él las llama isótopos  ligeros estables, para que nadie sepa de lo que se trata) y luego contrata a jóvenes alpinistas para que se descuelguen por el tajo de San Pedro y averigüen si salen por aquí, o por allá, las pócimas que él puso en el estanque de más arriba. En fin cada uno se entretiene como puede. De todos modos pienso que si pone al descubierto el plan de los trasgos, idearán otro aún más maquiavélico. Para mí está claro que su espíritu vengativo no cejará hasta darnos un gran disgusto.

  Sea como fuere, Emilio es un profundo conocedor de los secretos de las aguas de las Alhambra y por esto he acudido a él para pedirle información. Un día le pregunté en tono jocoso:

- ¿Cómo es posible que los granadinos antiguos tuvieran tan mal paladar como para no darse cuenta que las maravillosas aguas de la Fuente del Avellano no eran sino escurriduras de una acequia?

Mi hermano, tras mirarme como si le deslumbrara el Sol y balbucear algunos epítetos poco lisonjeros, se revistió de la toga de maestrillo y me explicó:

- Deberías saber, pero es evidente que no sabes, que la acequia de la Alhambra trae sus aguas directamente de la Sierra de Huétor y no de cualquiera de los cinco ríos que confluyen en la ciudad: Monachil, Dílar, Beiro, Darro y Genil, y de los que los granadinos han tomado el agua pese a su pésima calidad biológica, especialmente en los siglos pasados.

Que las aguas de las Fuente del Avellano procedían de las escorrentías de las acequias de la Alhambra, es un hecho evidente, pero no lo es menos el que estas aguas no pasaban por ninguna población anterior y no estaban contaminadas como las otras. Y por si esto fuera poco, resulta que para bajar desde la acequia hasta la fuente, estas aguas tenían que percolar a través de toda la Formación Alhambra; una formación geológica conocida mundialmente que consiste en un conglomerado rojo con abundantes arcillas, y que es por tanto el mejor filtro que a unas aguas se les puede proporcionar. Las arcillas se quedarían incluso con los posibles radicales orgánicos que las aguas pudieran transportar.
   
- ¡Total que serían de mejor calidad que las de Lanjarón! -dije yo en tono socarrón.
   
- Pues ahora ya es imposible comprobarlo, pero es muy posible -me replicó.
   
- Según esto, la Fuente no debe ser muy vieja, porque debió surgir cuando las acequias se comenzaron a deteriorar...

- No tengo idea de su antigüedad pero es posible que sea tan vieja como la misma Alhambra porque las acequias de los moros tenían unos agujeros de vez en cuando, dejados expresamente, no se sabe bien con qué fin. Incluso, hay una hipótesis, en la que se plantea la posibilidad de que tuvieran como objeto evitar la deposición de carbonatos en la acequia.
   
      Mi hermano me miraba con una sonrisa de oreja a oreja y ojos de trasgo, porque era consciente, dado mi creciente color violáceo, de que el químico que hay dentro de mí estaba a punto de saltarle al cuello.
   
- ¿¿Cómo...?? ¿Insinúas que unos agujericos en una acequia pueden influir en una reacción de precipitación? ¿Que aumentan la solubilidad de los bicarbonatos? ¡Siempre he dicho que los geólogos...!

      Ni que decir tiene que la polémica subidita de tono duró horas. Que si entre el agua de una acequia y el terreno circundante hay una diferencia de potencial que desaparece al haber escapes de agua, que si las aguas del pueblo de nuestra madre siempre llegaron por acequias sin problemas y cuando las canalizaron se precipitaron tantos carbonatos que las tuberías se hicieron macizas... Menos mal que al final cedió en admitir que era sólo una hipótesis, que no era suya, e incluso aceptó la suma dificultad probatoria de la misma.

      Para mí es evidente que está tan enamorado de las cosas de la Alhambra, que es capaz de admitir que los moros sabían electroquímica, antes que aceptar, que no sabían construir acequias sin agujeros.
   
El tema se hizo atractivo y dio de sí para varias charlas de fin de semana. Así pude enterarme de otras muchísimas cosas sobre la historia de la fuente, y de las fuentes de Granada. Tantas como para poder contestar a preguntas impertinentes como:

¿Y para qué quería Granada a los aguadores si era la ciudad del mundo conocido con más fuentes?
   
      La causa fue el tifus endémico que padeció la ciudad desde hace un siglo, y que obligó a los granadinos a no tomar las aguas “potables”  procedentes de los contaminados ríos, sino la de nacimientos próximos. Ese tifus que ya en 1919 obligó a Manuel de Falla (que tenía pensado visitar Granada por primera vez) a escribir a su amigo Ángel Barrios: “A propósito ¿qué hay del tifus? Supongo, por lo que leo, que hasta ahora se trata solo de una falsa alarma”. Por desgracia no era una falsa alarma.

      “Hay aficionados al agua de Alfacar, a la de las Fuentes de la Salud o de la Culebra, a la del Carmen de la Fuente o a los pozos del barrio de San Lázaro; pero los grandes grupos, como quien dice los partidarios del gobierno, son alhambristas y avellanistas”,  decía Ángel Ganivet, el fundador de la “Cofradía del Avellano”, vivero de poetas y artistas.
Placa dedicada a Ángel Ganivet.

      Así surgen los aguadores. Para traerle el agua a quien no podía ir a por ella, o a quien, por su condición, consideraba impropio hacerlo.

En Granada, un aguador tiene que ser a su modo un hombre de genio..... 

¡Acabaíca de bajar la traigo ahora!, 
¡Fresca como la nieve!, 
¡de la Alhambra, quien la quiere!, 
¡Buena del Avellano, buena!...

Ángel Ganivet.

      Con mucha menos poesía, en un folleto informativo de la actual sociedad encargada de las aguas de Granada (EMASAGRA) puede leerse: Al final del siglo XIX, en 1884, una gran epidemia de resonancias internacionales, obligó a tomar medidas sobre las instalaciones de agua. De esta época data el embovedado del río Darro, la apertura de la Gran Vía -que significó un gran avance en las condiciones higiénicas de la población pese a destruir la medina de Granada en torno a la antigua Mezquita mayor (hoy, Capilla del Sagrario)-.
   
      Por fin, en 1950, Gallego Burín acabó con el problema del agua en Granada, después de un siglo de intentos para arreglar el abastecimiento de agua en la capital, iniciado en 1876 por el Ayuntamiento. “Por una vez renegó de lo tradicional, inutilizando por inadecuadas las conducciones de aguas y las alcantarillas que habían sido tendidas a través de la ciudad por los musulmanes” decía Molina Fajardo a la muerte del alcalde.

Pero antes, mucho antes, las aguas de Granada tenían fama. “En el espacio de mil y veintisiete pasos nacen treinta y seis fuentes”; decía Braun (1576) en su obra Civitatis Orbis Terrarum, refiriéndose a Granada. Pero no sólo por la abundancia, también por la organización y la limpieza:  “En Granada la dominación musulmana creó la primera red de abastecimiento de agua potable, durante siglos enteros sin igual en todo el mundo” decía Bosque Maurel. Más aún: “En Granada casi todas las casas están provistas de cisternas y de dos cañerías, una para el agua potable y otra para las letrinas, pues los árabes cuidaban mucho de estos menesteres” puntualizaba  Jerónimo Münzer (1494)  un viajero veneciano.

      Y además se preocupaban muy mucho de conservar sus instalaciones en buen estado, no solo los árabes, los moriscos, tenían unos empleados de gran prestigio que se cuidaban de ello, los “canaguis”. También los primeros cristianos supieron apreciar la calidad del agua y defendieron y cuidaron estos caudales. Sirvan como ejemplo las ordenanzas de Carlos V para garantizar la potabilidad de las aguas de su ciudad preferida:

"Otrosí mandamos y hordenamos que cualquiera persona que echase en las acequias o cauchiles o maneses o pilares o azacayas alguna bacinada o perro o gato o gallina o otra cosa muerta o otra suciedad alguna o metiere o lavare bacín o otra cosa semejante que aya de pena tres mil maravedis e que esté veinte días en la cárcel y si no tuviese de que pagar que esté cincuenta días..." (*)

      Pero al mismo tiempo aquí se aprecia la diferencia: no tenemos constancia de que los árabes necesitaran ordenanzas para que el pueblo cuidase la calidad de las aguas. Ellos sabían bien que el agua es un gran tesoro por el que vale la pena trabajar y luchar. Si las aguas de Granada acabaron convirtiéndose en una inmensa cloaca, siglos después, no es necesario seguir narrando la historia para intuir cómo y por qué ocurrió.
   
      Por fortuna, todo este desastre final ya es historia, y aunque ahora las fuentes no son más que decorado y tramoya, un pilar con unos cubos de agua turbia impulsada por bombas que la hacen saltar y bailar en un ciclo sin fin, el agua potable está bien cuidada y es de calidad aceptable.
   
      También ahora podemos comprender el abandono y tristeza en que los duendes de las aguas alhambrinas se encuentran sumidos, y las causas de sus viejas heridas por las que siguen urdiendo venganzas.
   
   
       Manuel Reyes Camacho
   


* Confío en que mis alumnos no se entusiasmen con la ortografía del emperador. Para su consuelo puedo asegurarles que si su alteza Carlos V se hubiese examinado de selectividad, le habríamos suspendido.

Artículo incluido en el libro "Granada, Ciudad del Agua",  editado por el Instituto Padre Manjón en el año 2001.