27 de marzo de 2010

Escépticos ante el progreso




La noción de progreso arranca del siglo XVIII y no es sino una visión laica del concepto de Providencia Divina, que también ha evolucionado con el tiempo. En sus orígenes el Paraíso lo teníamos detrás, era el sitio de donde veníamos y cada vez estábamos más alejados de él. Ahora el Paraíso es el lugar a donde nos dirigimos, caminamos hacia el Paraíso.

Fue el marqués de Condorcet, en tiempos de la Revolución Francesa quien hizo un primer tratamiento del concepto de progreso, en su obra “El esquema de los progresos del espíritu humano” que es un canto al progreso de la humanidad, pese a que su vida evolucionó en sentido contrario hasta morir en la cárcel.

La idea de progreso es antiintuitiva, solemos pensar que todo progresa, mientras nosotros caminamos hacia la decadencia de nuestros cuerpos y no apreciamos realmente mejora en nuestro entorno. Es como las grandes ideas religiosas.

El progreso, como idea, suele estar alineado con un cierto automatismo y una actitud de vagancia hacia la vida, lo que se muestra en una versión optimista (el progreso es automático, llegará él solo, basta sentarse y esperar) y otra pesimista (esto no tiene remedio, nadie lo arreglará jamás, caminamos hacia el abismo, no hay nada que hacer sino sentarse y esperar). En la historia y la literatura hay numerosos ejemplos de ambas posturas. Desde Karl Popper que decía haber vivido en la época más próspera de la humanidad (segunda mitad del siglo XX) hasta la milonga argentina que dice: Muchas veces la esperanza son ganas de descansar.

Es preciso despojar a la idea de progreso de estos aditamentos de automatismo y vagancia y aceptar que no cambia nada sin nuestra intervención activa.

Hoy, el progreso científico y tecnológico es evidente y se ha producido tan rápidamente que incluso nos aturde por los continuados cambios en nuestro quehacer cotidiano. Tanto que nos hace dudar de nuestro futuro inmediato. Consecuencia de ello es que cuando hoy se habla de progreso no suele hacerse referencia a éste sino más bien al sentido humano en su aspecto moral. Y en este sentido moral, la historia del pasado siglo XX con sus terribles guerras, “Guantánamos”, etc., no ha sido precisamente edificante. Hoy nos causa pudor afirmar que esta época ha sido la mejor.

Progresus: lo que va avanzando hacia lo que esperamos, hacia lo deseable.

Hasta hace poco tiempo podíamos afirmar que:
Progreso = movimiento + certidumbre.

Hoy, en cambio,
Progreso = movimiento + incertidumbre.

Porque las cosas cambian tan deprisa que tememos por nuestro futuro inmediato.

No obstante, no hay que olvidar que el progreso es solo una idea y, como tal, será lo que nosotros queramos que sea.

Llegados a este punto cabe preguntarse, ¿pero realmente ha habido en la modernidad cambios importantes, en este sentido humano del término?

Para Fernando Savater hay ciertamente dos cambios revolucionarios:

- La igualación de la mujer en el trabajo, en la sociedad, en los cargos públicos, etc.
- La seguridad social.

La primera es incuestionable, pero también ésta última es una gran revolución. A ninguno de los grandes pensadores de la antigüedad, desde Aristóteles a Voltaire, se les ocurrió pensar que los seres humanos tenemos obligaciones de ayuda ante los demás, como la asistencia médica, ayuda económica ante el paro, la vejez, etc.


Son por tanto muchas las cosas que se han hecho y muchos los grandes problemas resueltos, tanto en el terreno tecnológico como en el humano, pero ¿por qué, entonces, no nos sentimos satisfechos?

Quizá porque somos como la princesa del cuento que dormía sobre doce colchones y un día algún malvado colocó un guisante bajo el último colchón lo que ocasionó que la pobrecita no pudiera pegar ojo en toda la noche.

Cuanto menos mal hay, más malo es el mal que hay.

Al bien y al mal les pasa como al dinero o a los alimentos, que cuanto más escasean mayor valor e importancia tiene lo poco que tenemos. Así la seguridad social (que ha resuelto un inmenso problema) se nos presenta como algo burgués, insoportable, por las colas que hay que hacer, e insufrible por las esperas. Del mismo modo que si se nos para Internet o deja de funcionar el móvil ya estamos comparando a Nokia o Vodafone con las dictaduras de Hitler o de Calígula.

Nunca estaremos reconciliados con el medio. Todo cambio resuelve ciertos problemas pero crea otros que, aun siendo menores, nos resultan insufribles. En la actualidad, a esto hay que añadir la incertidumbre.

¿Progresamos?, si, ¿pero hacia donde?



NOTA: Esto es una síntesis de la conferencia que Fernando Savater impartió en el patio circular del Palacio de Carlos V de Granada el 8 de Mayo de 2009, realizada por Manuel Reyes.

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