10 de mayo de 2005

El país de las pequeñas verdades


La ciencia es un edificio lógico construido con pequeñas verdades


Desde que los científicos arrebataron el timón del conocimiento a los filósofos hemos aprendido que la verdad, la gran verdad, está muy lejos, y hemos consentido en conformarnos con ir atesorando pequeñas verdades de todos los tamaños y colores.

Un día aprendimos también que no era bueno atesorarlas en bellos cofres; era mucho mejor ordenarlas, buscar el modo de que encajaran unas en otras, de que se apoyaran unas a otras buscando la coherencia, porque en realidad son piezas de un puzzle cósmico.

Con este pensamiento de ordenar por afinidad y correlación hemos logrado construir rutilantes edificios lógicos. El más antiguo de ellos es el llamado de la Mecánica Clásica. Tiene a la entrada una soberbia talla de Galileo en mármol de Carrara y, en la más alta de sus torres, otra que representa a un viejo y jovial loco despeinado –debe ser Einstein– tallado en brillante uranio metálico. Recorrer el interior de este edificio es más extraordinario y sorprendente que la aventura de Alicia, porque este es el verdadero país de las maravillas. Al atravesar el dintel, donde puede leerse "Salón de la Cinemática", piensas que vas a enloquecer contemplando al Cosmos en vertiginoso movimiento. Pero cediendo al fluir del tiempo, desde los majestuosos torbellinos de las galaxias a los alocados saltos de los átomos, acaban formando una sorprendente sinfonía de bellas razones lógicas.

Claro que esto no es nada comparado al éxtasis que se experimenta al penetrar en el grandioso salón de la Mecánica. En él todo interacciona. Todos y cada uno de los infinitos elementos que forman el Cosmos están ligados entre sí mediante finísimos, intangibles y rutilantes hilos, gravitatorios, eléctricos, magnéticos, nucleares, que comunican desde lo más próximo a lo más lejano. Es alucinante sentirse en medio de esa etérea telaraña donde te sientes uno con el Cosmos. En la plenitud de esta unicidad alcanzas la iluminación, alcanzas el por qué de todo cambio, de todo movimiento.

Pronto caes en la cuenta de que, en realidad, estás dentro de una gran ciudad. Así, el primer edificio que visitamos estaba dentro del segundo, y éste, a su vez, dentro de otro, gigantesco, llamado de la Mecánica Cuántica. En él, electrones y fotones bailan la más fantástica danza que jamás artista alguno alcanzó a soñar.


Perdido en este mundo de la ciencia entré un día, sin saber cómo, en un extraño edificio en construcción. Los ladrillos eran proteínas; las puertas, delicados lípidos que podían darte paso o impedírtelo; las columnas, de estilo salomónico, estaban construidas por larguísimas series de aminoácidos. Todo aquí era blando y cambiante: las formas, los colores, las luces, variaban sin cesar y sin embargo todo tenía siempre la misma estructura. Los hombres y mujeres que por allí volaban tratando de encajar las piezas intentaban pacientemente descifrar un enigma: el lenguaje de la vida.

Pronto me percaté de que algo en este lugar era diferente. En el semblante de los humanos, además del ensimismamiento, la irritación, o la alegría de cada momento, había permanentemente un rictus de miedo. Parecía como si un extraño espíritu amenazante flotara por todas partes, como si en realidad se estuviese librando una gran batalla por el poder. Me marché sobrecogido y temeroso.


¿Qué pasará cuando el gran secreto de la vida esté en nuestras manos? Ya nada será como antes, desde la más humilde hierba o el más feo insecto al más terrible depredador, será como nosotros deseemos que sea. Ya nunca más se cumplirá el ciego designio del espíritu de la Naturaleza. A partir de ahora la evolución de las especies estará en manos de la inteligencia humana. Para fabricar escarabajos verdes con pintas fucsia no habrá que esperar al azar durante milenios, sino a la certeza durante meses. Sentí cómo un gesto de espanto quedó estampado en mi expresión.

¿Pero no eran los dioses los amos y señores de la vida?

¿No será que este mundo del conocimiento es en realidad el Olimpo, y nosotros, aprendices de dioses?

¿Pero no éramos nosotros aquel homo sapiens demens que con grandes estertores parió la madre Naturaleza? ¿Cómo nuestra humilde y enloquecida mente puede llegar a dominar la vida hasta el punto de fabricarnos a nosotros mismos?

Un fuerte escalofrío recorrió mi cuerpo como un latigazo... y desperté.




Manuel Reyes Camacho

Nota: Este artículo fue publicado en mayo del 2002 en la Revista del Manjón. Granada.




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