10 de marzo de 2005

Milenios que llegan


El TERCER MILENIO

       Resulta insólito aceptar que estamos a las puertas —1999— del tercer milenio de nuestra era. ¿Pero qué significa entrar en el tercer milenio? ¿Tiene esto algún significado real?  Como tantas otras cosas, esto de la cronología solo es un invento del hombre, quien, a fuerza de utilizarlo, llega a tener dificultades para diferenciarlo de la realidad objetiva. La Iglesia Católica decidió cambiar la cronología romana por otra más apropiada para ella, tomando como referencia el nacimiento de Cristo. Naturalmente otras culturas tomaron otros puntos de referencia y por tanto siguen calendarios diferentes, de modo que el año próximo no tiene para ellos ningún significado numérico especial.
      
        Los que pertenecemos a la "civilización occidental" entraremos dentro de unos meses en el año 2000, pero curiosamente nadie sabe si éste será el primer año del tercer milenio, como parece, o el último año del segundo milenio.
      
       ¿Cómo es esto posible? ¿Quién es el responsable de este desaguisado lógico? Se viene señalando con el dedo al pobre fraile Dionisio el Exiguo (a quien sus hermanos clérigos, exiguos ellos en misericordia, llamaban así por su baja estatura). Pero analicemos la historia y los conceptos con la calma debida para poder dar al César lo que es del César.
            
       El papa Juan l, allá por el siglo VI, para esclarecer el confuso panorama de fechas religiosas que imperaba en la época, encargó a un sabio monje, Dionisio, al parecer mucho más espigado de mente que de cuerpo, la confección de una cronología cristiana definitiva.
       
       Dionisio calculó que Jesús había nacido el 25 de Diciembre del año 753, contando desde la fundación de Roma. Pero como el calendario romano empezaba a contar los años el 1 de Enero, retrasó unos días el origen del tiempo cristiano para hacerlo coincidir con el 1 de Enero del 754 ideando la excusa de que ése era el día en que Cristo había sido circuncidado. Por desgracia llamó a esa fecha «1 de Enero del año 1» cuando es palmario que debía haberla llamado «1 de Enero del año cero», lo que habría evitado las discusiones que nos martirizan ahora.
      
       Dionisio el Exiguo, al parecer, no se apercibió que con su calendario, Cristo celebraría su primer añito en el año 2 de nuestra era, y cumplió los 33 en el año 34. ¡Curioso calendario! Fray Dionisio olvidó empezar el tiempo por el año cero, con lo que dio al traste con todas nuestras nociones usuales de cálculo. Como no hubo año cero y el primer año de nuestra era fue el año uno, el primer año del tercer milenio tendría que ser el 2001.
      
       Pero si analizamos la historia, no sólo a lo largo sino también a lo ancho, descubriremos que fray Dionisio no es culpable del desaguisado. No se puede culpar al pobre fraile de no conocer el cero. El cero es el verdadero culpable de nuestra historia, porque, ni fray Dionisio, ni nadie en su época, conocía este número, que en realidad casi ni es un número ya que no vale nada... El dichoso cero no existía en la numeración romana, quizá por eso los romanos no fueron nunca buenos matemáticos y no por ser demasiado brutos, como quizá está pensando el malvado lector. El cero fue importado a Europa como una mercancía sin valor, procedente del lejano oriente y traída por los árabes en las alforjas de sus camellos, algunos siglos después de fray Dionisio, en las cercanías del Renacimiento.
      
       ¡Qué cosa tan curiosa es el cero, qué idea tan genial!  ¿A quién se le ocurriría?
      
       Pero volvamos a nuestra historia. Depuradas las responsabilidades llegamos a la conclusión de que en buena lógica matemática el primer año del tercer milenio debe ser el año cero: el 2000.

Debe ser y será, pese a que los ordenadores (esas máquinas luciferinas que enredan nuestras vidas) nos tienen preparada una apoteósica entrada de siglo... Como ya debe saber el avispado lector, los programadores del lenguaje que entienden estas endiabladas maquinitas, con el fin de ahorrar memoria (preciosa y carísima joya, hoy por hoy) tuvieron la genial idea de anotar las fechas con cifras de dos dígitos, puesto que las dos primeras eran siempre las mismas, 19. Así para guardar el año 1965, los ordenadores toman tan solo “65”, ya se entiende que es 1965. ¿Pero qué pasará cuando tengamos que escribir un asiento contable en el año 2065? Pues que el simpático ordenador lo situará en 1965. ¡Genial! ¿Qué va a ocurrir con las contabilidades de los bancos, de la bolsa, de los estados?  Y es que debe haber también mentes exiguas en el siglo XX.
   

Manuel Reyes Camacho
Este artículo fue publicado en la Revista del Instituto Padre Manjón, Granada, en Mayo del 1999 

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